No hay confinamiento en la frontera invisible de Castromil

La aldea, partida a la mitad por un puente que marca la separación entre Ourense y Zamora, ilustra los matices existentes en las zonas limítrofes sobre los cierres perimetrales

Un pequeño riachuelo, varias fincas y una línea imaginaria en los mapas cortan la geografía de Castromil, una aldea con un pie en Ourense y otro en Zamora donde el primer aviso sobre ese teórico cambio de territorio es una marquesina de la Junta de Castilla y León a la que se llega entrando por la calle Muíño Vello y donde, en algún momento, alguien escribió «Ti es parvo ou que?». La señal de bienvenida al pueblo está en el lado gallego, en el concello de A Mezquita; la de despedida, en el leonés, en el ayuntamiento de Hermisende.

En Castromil, cuando un vecino de uno u otro lado se desplaza a la otra parte de la parroquia, avisa de que va a cruzar «ó barrio». «Eu recordo que sempre foi así», dice Jesús González, de 43 años y teniente de alcalde en Hermisende. Sobre el papel, el confinamiento perimetral de Castilla y León por la epidemia de coronavirus dejaría aislados a los habitantes del Castromil zamorano, pero hay otro tipo de realidad en las zonas limítrofes que escapa a la rigidez de los cierres. González, que regenta una carnicería, precisa desplazarse tres o cuatro veces a la semana a Viana do Bolo por su trabajo. Y desde A Mezquita, el alcalde por el BNG, Rafael Pérez, se adentra en Zamora con el bus del transporte escolar para recoger a los siete niños del lado zamorano que estudian entre A Gudiña y el municipio que gobierna.

El velatorio del pueblo, situado en el lado adscrito a Hermisende, se ha habilitado para que los habitantes del barrio gallego puedan despedir a los suyos sin necesidad de desplazarse hasta A Mezquita. «Dáselles a oportunidade de facelo aquí e así é máis fácil», explica González mientras apura su café en A Cruz da Touza, el único bar de Castromil y punto de encuentro de los vecinos de una y otra parte.

«Os peches no rural teñen algo de subxectivo», explica Pérez. A los vecinos de Castromil les queda más cerca la farmacia de A Mezquita que la de Lubián, a orillas de la autovía. «Hai menos distancia e pode que lles sexa máis práctico, por proximidade», agrega Pérez. En la aldea hay quien tiene casa en el barrio leonés pero trabaja su finca en el gallego, y viceversa. Así que el puente, lejos de ser frontera o límite, simboliza la unión de un lugar donde muchos son familia. «Hai anécdotas simpáticas sobre esa ponte, porque a cruza xente todos os días. E durante o estado de alarma, un grupo de militares parou a algunha persoa dicíndolle que que facía tentando pasar de España a Portugal, como se a división estivese aí», cuenta sonriendo Jesús González.

La distancia del camino que separa a ambos barrios es inferior a un kilómetro, zona obligada de paso cuando hay fiestas patronales. Porque a falta de una, hay dos. En verano, en el Castromil zamorano se conmemoran las de Santa Marina a mediados de julio. Y en el lado gallego, dos meses antes, las de Nuestra Señora de la Ascensión. «Y nunca faltamos. Por ver a los parientes y también porque siempre hay alguna paparota», dice riendo la madre de Jesús. Curiosamente, se llama Ascensión. Cuando su hijo iba al colegio, eran aproximadamente una treintena de críos. «Pero a última nena que foi no outro lado creo que ten hoxe uns 38 anos», estima Jesús. No hay niños en el Castromil gallego y sí en el lado leonés, con siete pequeños, pero él mira con cierta preocupación lo que vendrá. «Ata agora sempre houbo nenos, pero tras esta xeración vemos que non hai recambio», dice.

En Castromil, las oportunidades de futuro a uno y otro lado las brinda la tierra. La que no está quemada, eso sí. En la carretera que da acceso al pueblo desde A Mezquita, entre la niebla, se vislumbra el negro legado de los incendios estivales. Poco a poco, se ven brotes verdes, pero hay otro problema: aunque los jóvenes no olvidan sus raíces, cuando crecen optan por buscarse las habichuelas en otra parte. Mientras, resiste la ganadería y también el campo. Emerge, además, la apicultura, aún con algunas visitas inesperadas. En la primavera del año pasado, un ejemplar de oso pardo, presumiblemente joven, se dio un festín con algunas de las colmenas que encontró a su paso, pero parece que no supo bien con cuál de los barrios quedarse, si con el Castromil gallego o el zamorano, así que prosiguió su camino y terminó en Portugal.

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