Nos queda mucho que aprender

Estoy tan sumamente cabreada que no tengo subtítulo para este diario

Décimo día y ya no me muerdo la lengua más. Acabo de explotar. Escribo sentada frente a una cafetería de una céntrica plaza, que tiene las mesas a rebosar de gente claramente no conviviente. Escojo el verbo rebosar porque es literal. Os estoy hablando de que se han quedado sin sillas libres y hay personas arrimadas a las mesas de la terraza, de pie, caña en mano. Que yo sé que es la hora del vermú de un sábado con buen tiempo, eh, pero es que coincide que hoy sumamos otra vez más de cien nuevos contagios. Y que la putita restricción que limita nuestra vida a compartirla con las personas con las que convivamos es para todos. Ya está bien -a pesar de no usar mayúsculas, lo estoy gritando-. Familias al completo, unas mamás amigas con sus hijos, el grupito de colegotes cuarentones y, la mayoría, parejas (dos, tres, cuatro...) con sus niños. Muchos niños. Pasando absolutamente del bien común y de la responsabilidad individual, ¿con tus hijos involucrados en ello? ¿En serio? Pero qué valores les estáis inculcando, por favor. Que yo puedo entender todas esas trampillas de las que os he ido hablando estos últimos días, puedo comprender que una hija quiera salir a dar un paseo con su madre o que una pareja se encuentre «por casualidad» en el cine o en un restaurante. También sé que hay algunos totalmente en contra de las medidas adoptadas. Pero lo que estoy viendo ahora mismo es, ni más ni menos, que alevosía y sinvergüencería de campeonato. Y lo siento. Lo siento muchísimo porque, piense cada uno lo que piense, las restricciones están aquí con un único fin: impedir el avance de un virus que está matando a personas cada día y complicándole la vida sobremanera a otras. Sé que mi estilo es claramente contrario a esto, pero es que una pandemia mundial se merece un poco de seriedad y de respeto. Así que el día diez de mi diario es una absoluta porquería, porque en ello lo han convertido hosteleros y vecinos como estos. Hoy espero que sean ellos los que aprendan y nada más. Por suerte, yo sé que hay muchos haciendo cosas muy buenas. Y menos mal.

Los treinta del teatro y los que no tengo

María Doallo

En el noveno día de cierre de la ciudad volví al teatro y me estremeció

Llevaba un año esperando para ver Prostitución. Carmen Machi me fascina. Ella, María Pujalte y María Hervás son capaces de convencerme de lo que quieran cuando están sobre un escenario. Treinta entradas. Veinticinco, para ser exactos, porque cinco se las queda la compañía. No tenía claro cómo proceder para asegurarme una. La inagotable paciencia de Rosa me salvó. Ella y Ede son las voces que están al otro lado de la taquilla del Principal. De trato cercano y trabajo impoluto consiguen que cualquier problema tenga solución. El caso es que Rosa me explicó que la venta se haría a través de Internet y que mejor estar preparada frente al ordenador cuando comenzase. Después lo leí en este medio, sí. Quince minutos antes de las 12.00 horas tenía el link abierto y la mano bien entrenada sobre el ratón. Os ahorro la tontería: conseguí mi entrada. Rauda y veloz como soy yo -solo de vez en cuando-. Me pasé todo el viernes nerviosa. Me pasa siempre. Creo que es por la mezcla de ganas y admiración por la interpretación en directo. Llegué pelada de tiempo -mal- y después de tomar las debidas medidas de precaución me senté. Dios. Éramos treinta personas. Qué desolador. Y volví a pensar: ¿realmente es necesario limitar la cultura a este nivel? Entiendo que no es a mí a quien corresponde valorar decisiones de este tipo. Pero qué mierda. Admito que a su vez supone una oportunidad de sentir el Principal como el salón de casa y es un espectáculo en sí mismo. Todavía no os lo había contado -y eso que lo suelto con muchísima facilidad-. Pero por mi cumpleaños monto un festival. Literalmente. Se llama Doachella -por el Coachella, ¿lo pillas?-. Suena alucinante y todavía lo es más si estás en él. Cojo a toda la gente que quiero, sea por lo que sea y esté donde esté, y la meto en la misma casa durante un fin de semana. Encargo carteles en Acero Plus y hasta compro los vasos típicos del ponche de los bailes de primavera americanos. Mis amigos tienen incluso una pulsera de todo incluido. Comida, bebida, baile, risa y felicidad. El colofón final del festival consiste en soltar velas chinas al aire, de esas de papel que con el calor vuelan, y pedir un deseo -o los que sean-. Naciendo el 26 de abril os imaginaréis que este año no hubo Doachella y por tanto yo no cumplí 30. Una decisión muy sabia que tomé estando confinada. Si el covid no me deja celebrar el año, tampoco me deja sumármelo. El caso es que habitualmente superamos el aforo de treinta que anoche tenía pautado el Principal, así que imaginaros qué pena ver el teatro así.

Seguir leyendo

Votación
8 votos
Comentarios

Nos queda mucho que aprender