Un virus para tiempos delirantes


Hay muchas formas de saber que el verano está llegando a su fin. Los días se hacen más cortos, hace falta llevar una chaqueta cuando se sale de casa por la noche, ponemos una manta para dormir… Sin embargo, hay una cosa que me avisa del cierre estival más que cualquier otra: las colecciones por fascículos. De la noche a la mañana, los anuncios de la televisión se llenan de ofertas para coleccionar todo tipo de cosas: libros de aventuras, minerales, monedas, vehículos de toda clase y un sinfín de cosas más. En teoría, iniciar una colección es un estímulo para retomar la rutina diaria después del descanso veraniego, como una forma de volver a la normalidad. Es por eso que me resultó extraño ver un anuncio de estos hace unos días.

Y es que no se puede volver a la normalidad cuando esta es imposible.

No me atrevería a decir que las circunstancias actuales jamás han sucedido en la historia, pero sin duda estos meses son los más atípicos que ha vivido nuestra generación. Sin entrar en detalles, un virus desconocido se ha extendido por todo el mundo causando miles de muertes a su paso y confinando a un tercio de la humanidad en sus casas durante meses. Un resumen dramático y que parece sacado de un relato de ciencia ficción. Los aficionados a este género podrían nombrar varias obras con esta trama. 12 monos, The walking dead, Los últimos días… son algunos ejemplos de cómo una amenaza invisible puede destruir nuestro estilo de vida. Sin embargo, todas estas historias tienen en común una cosa: la amenaza no se pudo eliminar y el mundo nunca se recuperó de la catástrofe, lo que cambia la sociedad de una forma irremediable. Podríamos pensar que esto no va a ocurrirnos porque las cosas están mejorando. El estado de alarma ha terminado, los hospitales ya no están colapsados y las actividades económicas se han reiniciado. Si vuelve a haber fútbol y gente en las terrazas es que todo va bien, ¿no?

Lamentablemente, las cosas no son tan fáciles. Las últimas semanas vuelven con noticias similares a las de marzo, llenas de cifras de contagios y del número de pruebas PCR realizadas. La situación no es tan grave como hace unos meses, pero dista mucho de ser una situación normal. Ni somos la sociedad pos-apocalíptica de Soy leyenda ni la sociedad que existía antes del covid-19. Es esta situación intermedia, de «anormal normalidad», la que no sabemos gestionar y la que favorece los contagios.

No pretendo juzgar si las medidas que se están tomando son adecuadas (no soy político ni pretendo serlo) pero hay que decir que algunas situaciones que se han visto por las calles son, cuanto menos, disparatadas. Seguro que todo el que lea esto le viene a la mente alguna escena que encaja con lo que acabo de escribir.

Algunos sinónimos de disparate son «despropósito» o «delirio». En Medicina una idea delirante es aquella que no se puede reducir a la lógica, es decir, que a una persona no se le puede convencer de lo contrario a pesar de darle argumentos correctos, y suele manifestarse en gente con dolencias psiquiátricas. En cambio, su forma latina (delirium), hace referencia a un cuadro confusional que se produce cuando una persona, generalmente anciana, sufre una enfermedad aguda. Se desencadena con los cambios de rutina del paciente y especialmente por el ingreso hospitalario ya que esto supone sacar del entorno de normalidad a una persona frágil. Desde el grupo de trabajo Alerta Delirium pretendemos concienciar sobre esta patología y el confinamiento nos ha enseñado que el encierro en el propio hogar puede ser tan favorecedor de este síndrome como una hospitalización prolongada. Es pronto para saberlo, pero probablemente en los próximos meses (o años) veamos las secuelas de aquellas semanas sin poder salir de casa.

Y así estamos ahora, viviendo en una sociedad que puede salir a tomar un café con sus amigos pero desconfía de su vecino procedente de otra comunidad autónoma por si trae la enfermedad. Que ve diariamente noticias de fallecidos y hospitalizados en uci mientras se celebran fiestas multitudinarias y la policía disuelve botellones. Que espera una ansiada vacuna para el coronavirus pero no lleva mascarilla en lugar concurridos. No hay mala intención en ello, es la naturaleza humana, amante del «todo o nada» y poco amiga de los grises, de las situaciones intermedias y de transición. Por eso queremos hacer las cosas de la «vieja normalidad» en la «nueva anormalidad» (como dice una compañera de trabajo) y se producen situaciones disparatadas. El delirium del confinamiento se ha continuado con el delirio de la sociedad y por eso estamos tan desquiciados. Mientras tanto, la televisión sigue dando cifras diarias de aumento de contagios para luego dar paso al próximo partido de la selección española y a una colección de sellos del mundo. Intento evadirme de esto y me asomo a la ventana, desde la que veo a la gente corriendo con mascarillas y paseando a sus perros con pantallas protectoras. ¿Acaso no es una escena delirante?

Sin duda, es un mundo extraño.

Pablo López es especialista de Medicina Interna y miembro del Grupo Alerta Delirium del CHUO

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