El arte fetiche

Luis Estévez reinventa la esencia del primitivismo con una sensibilidad vanguardista


ourense

«Yo hago lo imposible porque lo posible lo hace cualquiera». Pablo Picasso.

No existe una línea negra dominante en la magnífica obra del escultor Luis Estévez, si hay una huella de infinito, de permanencia en la esencia y autenticidad de su estatuaria que reflexiona sobre arcaísmos universales, desde el primitivismo íbero al arte de los aborígenes australianos en la abstracción que representa el cuerpo femenino de los fetiches africanos en su sorprendente grafía de cortes, volúmenes y vacíos.

Resulta inquietante la ausencia de miembros superiores en una escultura antropomorfa única que se compensa con la hipertrofia figurativa de las extremidades inferiores en las que se explicita el sexo frente a la aparente androginia de los rostros simplificados en una línea que parece un trazo de contorno y en los ojos almendrados de mirada insondable y perdida, atentos e inmóviles en un punto por encima del espectador y en la que domina la presencia de un párpado inferior sin iris ni pupilas. Esencialización de las formas en un protocubismo sintetizado en elementos geométricos y abstracciones en los cortes que marcan la fisonomía nkisi de ojos ovalados, ojos mágicos como afirmó Picasso.

Esa magia totémica y panteísta la traslada el arte de Estévez que como un chamán explora esa trascendencia ritual de la máscara, apasionado por la confluencia de la estatuaria negra y el románico gallego y en favor de la libertad plástica. «Contra el miedo y la sumisión a la naturaleza, contra las imposiciones de la propia especie», como definió Baldassari al analizar la relación entre el cubismo y el arte negro. Otros artistas como Derain, Matisse, Gauguin o Vlaminck se sintieron fascinados por un primitivismo en el que radicaba toda la modernidad de las vanguardias, el ingenuísimo y un arte simplificado y sin contaminar por el mercado snob en el que la magia propiciatoria se descontextualiza para convertirse en rasgo de identidad, código expresivo y pilar de un nuevo lenguaje plástico.

Las esculturas de Luis Estévez tienen esa carga de presente, pasado y futuro que las hace atemporales en ello radica su magnetismo y contemporaneidad, son obras que expresan la esencia, la forma femenina universal, son arquetipos, iconografías anónimas cuyo rasgo identificativo es su carácter femenino. Diosas de la naturaleza, estilizadas y asimétricas, alargadas como cañas de bambú o rotundas y mermadas, acortadas en la geografía de su cuerpo de brazos amputados. Exvotos.

Son sus obras de extraordinaria belleza en la irreverencia de las formas que, con efervescente destreza, Luis Estévez transforma. Lo hace realizando una talla de maestro en los rasguños e incisiones, otorgando el máximo protagonismo a la materia en sus grietas y en los cortes que efectúa sobre el taco de madera para conseguir del material las más variadas texturas e iluminaciones, abruptas sombras que sugieren el gesto, evocadoras metáforas eróticas que convocan un imaginario ritual con cierta influencia expresionista de Giacometti y una reducción de los volúmenes a formas simples y fragmentadas, con un carácter absolutamente innovador impreso en sus obras ya sean descriptivas o abstracciones conceptuales con un primitivismo virtuoso e inspirador, como el del gran Julio González, que en Estévez es fundamentalmente sobre la madera como lenguaje. Tikis antropomorfos, marcas para señalar el camino.

Luis Estévez revienta los principios estéticos occidentales de imitación y simetría, instaurando una contrafacta de la tradición a través de su manera de hacer única y su revisión del análisis de manifestaciones artísticas de otras culturas mediante un estudio del desnudo femenino de morfología negroide y una marca personal que confiere un lirismo intenso a sus figuras alusivas tan intemporales como presentes, de gran coherencia, anárquicas, sin obedecer a consignas establecidas y con una concepción de la existencia abierta a las contradicciones. Mujeres fascinadas y fascinantes, históricas, míticas, surrealistas con cierto frontalismo de Koré arcaica, distantes, estoicas y estáticas. Mudas y atentas. Sin drama ni contrición. Sin firma afectiva pero con voluntad de aprehensión sensual. Iconos pretéritos como una regresión deliberada a lo espontáneo e intuitivo, insurgente con un lenguaje directo y vital, remite a las xilografías expresionistas. Sus obras tienen el pálpito vital de la naturaleza y el elan propio de la idiosincrasia del artista, su carácter y su lenguaje.

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