Relato de un náufrago

Las armonías abstractas de Xavier Cuíñas como semántica de una nueva escultura


OURENSE

«No es éste tiempo de completar las cosas. Es una época de fragmentos». Duchamp. Según Sol LeWitt, existen muchos elementos involucrados en una obra de arte, siendo los más importantes los más obvios. La diferencia entre concepto e idea es que el primero traza la dirección y las otras son componente que encontrándose engarzadas como engranaje en una cadena de desarrollo su concreción es la forma y ésta, la materialización física del concepto. La importancia de la reflexión del artista y humanista Xavier Cuíñas sobre el valor de lo esencial y único con ese mimo con el que crea cada pieza en singular para encajarla en la cadena que forma con otras, constituye toda una enseñanza existencial sobre el valor de lo minúsculo, de lo minimizado y humilde, el trabajo de los invisibles o silenciados, auténtico pilar de la sociedad que contrasta con la ineficiencia y la producción en serie colectiva, la contaminación de la productividad y el exceso, tan efímeramente artificial y legitimado con su telaraña de pendiente de olvido en un mundo dominado por la prisa. La importancia del fragmento constitutivo del todo, siendo a la vez conjunto y parte, remite a las relaciones, funciones y disfunciones del individuo en la sociedad. Una postura reflexiva y crítica sin perturbar el lirismo poético y la claridad conceptual y coherencia del proyecto trazado, sin la necesidad de espectacularización mediática ni artificio. Cuíñas construye campos estelares con rumor de naufragio y constelaciones de «crebas» de barcos a la deriva, enlazando como un centrado relojero las piezas constitutivas de una expansión ilimitada como el universo en sus explosiones, iluminaciones y oscuridades de cuerpos ingrávidos y levitantes; sin embargo, cosidos por hilos invisibles al territorio con base estructural inestable, volátil materia entretejida de ilusiones, desencantos y huesos de estrellas. 

Renovador con lenguaje propio

Como investigador de las formas y de la relación de éstas con un espacio dilatado del que hace protagonista al vacío de interés plástico, ha definido un lenguaje nuevo, su propio lenguaje. Cuíñas es un renovador, uno de los creadores que más han aportado al discurso escultórico, un estudioso del volumen y de su ausencia con una intelectualización del arte capaz de hallar la fórmula de materializar conceptos abstractos a través de volúmenes geométricos y la manera de aligerar la masa de los materiales para lograr en su breve oscilación su expresión como un astrónomo obstinado con el cielo nocturno. Formal y conceptualmente tiene una absoluta coherencia y equilibrio en sus barricadas, en los chupin -artefactos móviles colgantes-, sus ingenierías en botellas y en sus cajas. Cartografías que exploran los límites de la escultura hecha concepto en el suave tiritar de la luz sobre las arquitecturas en movimiento. Encrucijadas que dan protagonismo a la transparencia y al hueco, entretejidas por el vacío.  

Madera en el corazón, son materiales de su fisonomía cuerdas, alambres y acero que unen como en un circuito sanguíneo o neuronal las partes de un ecosistema nutrido de ilusiones cósmicas y transitabilidad. Son propuestas visuales y táctiles, audibles en los ecos musicales de las piezas que describen sonidos en su oscilación. Plantea una revisión del arte cinético con atención a los efectos performativos de la luz y su proyección como silueta, dibujo de sombra. Piezas que cuelgan del techo, formas en tensión que se contraen o dilatan, retorcidas, líneas de flotación de barcos a punto de hundirse, artefactos en peligro de extinción, accidentes de la gravedad, objetos de equilibrios inestables unidos por vientos de alambre…

La perfección en el cerramiento compacto de la esfera, óvulo germinal de la naturaleza, borra temblorosos círculos concéntricos que se dibujan en el agua de un río de la infancia… Formas que se abren sin reserva en torno al concepto que Rosalind Krauss en los 80 definió como «campo expandido», referido este término a la elasticidad de la disciplina escultórica desde una mirada postmoderna y de una oposición cultural de la que surge una escultura sin peana, sin límites externos. Anula la función monumental de la escultura por disposición, uso y pedestal y explora el cambio intelectual que separa el monumento como masa frente al concepto de espacio habitado; los hábitats atmosféricos de Cuíñas quien eleva la escultura a un plano tan mental como liviano, extremo, metafísico, con su trascender la materia, la densidad. Lo intangible se concreta en síntesis y conciencia en signo cultural.

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