José Antonio Sobrino: «Sin un giro, el cambio climático será la herencia de nuestros hijos»

El científico nacido en Outomuro, asentado en Valencia, advierte de los riesgos de las políticas a corto plazo


ourense / la voz

José Antonio Sobrino (Outomuro, 1961) sigue volviendo todos los veranos a las fiestas de su pueblo en la provincia. Su madre, ahora ya jubilada, era maestra en una escuela de Leiro. Y él, que heredó su pasión por la docencia, es catedrático de Física de la Tierra en la Universidad de Valencia. «Pero cuanto más sabes, más te das cuenta de lo que te queda por conocer. No tenemos que hablar de todo ni valorar todo», dice.

-¿Corren buenos tiempos para los negacionistas?

-Yo creo que hay mucha gente que lo hace por provocar. Por ejemplo, a mí me parece inconcebible lo del terraplanismo. En las redes sociales se tiende a generar polémica por necesidad o directamente por aburrimiento. Lo que yo echo de menos es algo de rigor, en todos los aspectos.

-¿Cómo funciona la cabeza de un científico al ver la vorágine de información que hay alrededor?

-Yo escogí serlo porque es mi forma de ver el mundo, desde los ojos de la ciencia. Jamás me creo nada, nunca. Antes de darle la razón a alguien, aunque sea de mi entorno próximo, siempre contrasto e intento buscar fuentes. Me paso el día así y no doy curso a un rumor. Cuando veo que algo no está claro, prefiero no pronunciarme hasta no disponer de más información. El principio de precaución es fundamental a todos los niveles de la vida. De lo contrario solo vas a sumar ruido.

-¿Las redes sociales amplificaron el eco de los que hablan de inexistencia del cambio climático?

-No cuestiono las redes sociales, que como Internet tienen su parte buena si sabe usarse. Pero parece que necesitamos pronunciarnos siempre, y nuestra vida en la Tierra en comparación con la del universo es insignificante.

-¿El covid tendrá un efecto colateral en cómo interpretamos la sociedad de consumo?

-Creo que es una situación coyuntural. Hemos llegado hasta aquí tras la Revolución Industrial y, en lo referente al cambio climático, dos meses no bastan para frenar una inercia como la que había hasta ahora. Desde el año 1979, cuando se celebró el primer Congreso Mundial del Clima, los científicos hemos venido advirtiendo de cómo el hombre influye en todo esto, en particular sobre cómo se abrió la mano constantemente con la quema de combustibles fósiles. Pero el político, en cierta forma, necesita resultados rápidos. E invertir en descarbonificar la economía es un proceso a largo plazo que suele ser incompatible con los calendarios electorales de ir a las urnas cada cuatro años. Y ojo, entre los políticos que yo conozco no hay negacionistas, pero una cosa es esa y otra asumir lo que pasa y que luego sean capaces de ponerlo en práctica.

-¿Por qué nos cuesta pararnos a replantear siempre el futuro?

-En mi caso soy un poco escéptico con ello. Lamento todo esto que ha pasado con el coronavirus, porque de bueno no tiene nada. Se ha llevado y sigue llevándose vidas por delante. Pero si esto desaparece en unos meses creo que todos acabaremos intentando volver a nuestra vida normal, porque es como hemos llegado hasta aquí y como hemos crecido, no en esa «nueva normalidad» que se dice ahora. Seguimos siendo cortoplacistas para muchas cosas.

-Si la concienciación no funciona con la gente, ¿lo hace el impacto visual?

-Los científicos intentamos explicar posibles escenarios. No somos futurólogos. Nadie podía pensar hace unos meses que llegaría una epidemia, pero pasó y se sabía que posiblemente algún día ocurriría. Y se advierte a menudo que en el año 2100 el nivel del mar puede haber crecido un metro o dos, con todo lo que eso conlleva. Así que en parte puede ser por eso, porque no se ve el problema todavía. Y somos insolidarios; si no damos un giro al cambio climático, será nuestra herencia a los hijos.

-¿Pero ese giro no pasa también por los modelos de producción de la industria?

-Sí, y eso va unido al cliente. Cuando hace años hubo un rechazo casi general a consumir productos hechos a base de aceite de palma, la presión del consumidor llevó a que se escogiesen otros. La industria se adapta a lo que pide la gente, así que el principio de todo está ahí. Falta mucho por hacer, por ejemplo, en conseguir una mayor eficiencia energética de los electrodomésticos.

-Ustedes trabajan con sistemas de teledetección por satélite para vigilar espacios protegidos. ¿Cómo funcionan?

-Empleamos las imágenes que obtenemos desde ese satélite para detectar situaciones en tiempo real. Ahora mismo estamos trabajando en un proyecto con Protección Civil a través del que, cada 15 minutos, damos datos de puntos calientes con probabilidad de incendio. Puede ser por anomalías de temperatura de un día para otro, pero también para detectar falsos positivos.

-¿Está el territorio gallego dentro de este plan?

-Estamos desarrollando un programa financiado por la Unión Europea a través del que colaboramos, por ejemplo, con el Centro de Investigación Forestal de Lourizán (Pontevedra). Con él, queremos usar una metodología que evalúe los daños tras el paso de un incendio y saber qué posibilidades de regeneración hay en el suelo, el gran olvidado. No es lo mismo que el fuego afecte a la vegetación a que también lo haga a donde crece. En ocasiones, es complicado que se pueda recuperar y hay distintos grados de afectación. Por ahora, además de Galicia, el proyecto abarcaría zonas de la cornisa cantábrica, otras de Portugal y también de la zona de las Landas, en Francia.

-¿Temen a los recortes de inversión en investigación?

-La realidad es que el porcentaje del presupuesto en ciencia sigue siendo mucho menor en comparación con países como Francia o Alemania. En nuestro caso, necesitamos que haya más financiación para sufragar los costes del personal, porque precisamos mucha gente en el capítulo de recolección y tratamiento de datos.

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