Sin héroes para crucifixiones

Alexandro es uno de los máximos exponentes de la imagen gallega contemporánea

Alexandro, en la inauguración de su exposición «Lume» en el 2019
Alexandro, en la inauguración de su exposición «Lume» en el 2019

ourense

«Son esta raza y este país y esta vida los que me han producido. Tengo que expresarme como soy». Joyce.

El creador ourensano Alexandro, máximo exponente de la imagen contemporánea gallega, representa el compromiso vital con el arte a través de su lenguaje, la pintura. Su obra es temperamental, dramática, cruel y pura. Mezcla de rebeldía y entrega en la viveza desafiante del color o en su ausencia de grisalla desde una potencia implacable y una lúcida coherencia. Su proyecto independiente le autoafirma como artista inclasificable que se expresa con un lenguaje plástico de vanguardia y una caligrafía propia que hace que su obra sea una experiencia devastadora para los sentidos y un arma poderosa para sacudir conciencias reflexionando sobre la destrucción que impone la sociedad actual alienada y vacía. Presenta la anonimia de la humanidad y la angustia del ser contemporáneo con el malditismo del artista maldito, descarna con violencia su discurso antiburgués como ser libre en este vertedero del arte, de intereses, traiciones y náusea intelectual. Alexandro presenta una figuración que es carne cruda más allá de Beuckelaer o Carraci eliminando connotaciones moralizantes.

El drama sin escarmiento ni remisión ni arrepentimiento es la realidad, sin escenario. Presencias atemporales descontextualizadas del espacio. Alienados, sórdidos, sonámbulos, ensimismados en un caos dionisíaco y un bluring que desvanece el contorno del objeto sin que este pierda su fisicidad matérica a través de los cúmulos y concreciones que distorsiona con su retórica gestual en la que adelanta la imagen polimórfica y desconcertante. Sobrecogedora como experiencia inmersiva y simbólica, inquietante. Figuras tendentes al colosalismo brutal del silencio, formas deconstruidas en gruesos empastes expresados con tortura sin ensañamiento de modelado orgánico. Su vitalismo extraordinario distorsiona los referentes iconográficos.

El color potencia las formas torturadas por la deformación, expira el cuerpo-armazón, coraza, exoesqueleto en crucifixiones laicas y extremas ascensiones de un cuerpo transfigurado, una forma de carne espiritual, una inmolación del hombre por el hombre, alterando el orden objetivo de sus masas y energías en esqueléticas epifanías en las que los cuerpos se elevan como levitando en un espacio atemporal y descentrado de estructuras filiformes y pincelada suelta que cierra los espacios en blanco gestando la figura doliente y delirante como en Goya, expresiva y sugerida derivando su atención a las texturas polimateriales y sometiendo a los seres a un proceso de fermentación anaeróbico. Sus escenas de gran formato muestran la tensión que sostiene entre su «yo» creador y la incertidumbre de la sociedad tan vulnerable en su estructura atroz de capitalismo colonizador y un hábitat que se degrada y extingue por la acción humana. El cuerpo como territorio. Figuración cruda y saturada en zoomorfos y el naturalismo distorsionado de los animales que comparten plano pictórico con presencias humanas fusionando proximidad y distancia sin escala y un escorzado que proyecta sombras sin contorno, siluetas elásticas y danzantes. Construyendo un universo matérico a través de una especie de «magma pictórico».

Neoexpresionismo en la línea expresiva de Barceló sobre una figuración perturbadora antropomorfa en la convulsión de tensiones violentas donde la esencia humana se dibuja asexual y anónima en su dualidad tan bestializada como trascendente, produciendo cierta apnea por la violencia expresiva y el impacto de su potencia dialéctica y sensorial que genera una atmósfera de poder tanto psíquico como físico. La inmolación del artista como víctima de su relación con la realidad basada en crónica de afectos, individualismo y rebeldía con una decadencia estética expresiva y sofisticada, encerrando, como Bacon a sus personajes en angostas perspectivas como jaulas invisibles, anulando todo contexto sentimental, encuadres abruptos en los que aliena a la figura protagonista o figuras que se acoplan sin relación entre ellas en espacios inhóspitos entre la transparencia y la opacidad creando una atmósfera claustrofóbica en el aplastamiento de las formas contra el fondo neutro.

Las líneas y flechas como indicadores de dirección, trazan un espacio-camino, proyectando la mirada del espectador-prosumidor con un estilo verista post-expresionista próximo a Beckmann (nueva figuración) y Dubuffet. Una expiación existencial del individuo. La cabeza como metáfora obsesiva, autobiográfica y recurrente. Y la ternura de sus seres casi humanos y siempre animales.

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