No se está tan mal


He vuelto a mirar todas aquellas fotos. He vuelto a enredar con las que duermen en el fondo de los cajones.

Lo hago algunas veces, cuando el álbum recientes que ocupa tanto espacio en mi teléfono no es suficiente para calmar esta especie de sed traidora de nostalgia. Enemigo fiel y delator.

Y entre todas aquellas fotos de respuestas imprecisas aparecía yo de pie. En blanco y negro con el Norat de fondo, fingiendo ser feliz, sonriendo con mi cara ya estigmatizada por mi falsa actitud risueña. Pero nadie alrededor supo que yo allí, no era feliz.

Decidí prohibirme a mí mismo la sola posibilidad de volver a sentirme desdichado.

Existe un momento en la vida en que uno no puede permitirse ciertas cosas: ser infeliz, renunciar a las croquetas, sentir vergüenza, morrear en público. Fue bastante difícil lograrlo viviendo en esta ciudad. Sobre todo con ese empeño local de acabar con todas las cosas buenas que la vida me iba ofreciendo cada día que pasaba.

No nací en el año adecuado para poder acudir a las sesiones golfas de nocturnidad que unos señores vestidos de negro y cuello blanco aprovechaban como escape de la vida celestial. Maldita manía mía de nacer a destiempo.

Cuando la edad ya me permitió poder entrar, aquel Novocine ya casi era otro viejo cine cualquiera. Estrenos taquilleros poco arriesgados, gominolas azucaradas y algunas citas frívolas que a menudo terminaban con un «ya te llamaré».

El que nunca sucede. Desdicha vital perenne. Me empeñé en seguir siendo feliz.

Pero el refugio que la hamburguesa del Solinas me proporcionaba los domingos terminó el mismo día en que el negocio pasó de padre a hijo, y la grasa acumulada de aquella campana extractora ya no sabía igual, y la plancha brillaba impoluta como nunca antes lo había hecho.

La hamburguesa dejó de ser manjar para ser solo hamburguesa. El empeño de la vida por mi infelicidad se volvía casi insoportable.

Ni siquiera La Escalera pudo resistir en pie. Todas sus cucarachas -público privilegiado de innumerables partidas de dardos- tuvieron que mudarse a algún otro sitio dos calles más abajo. Nunca pude volver a decirte te quiero en el baño, aunque no fuese el lugar más indicado. Aunque hubiese que hacer pis en el suelo. Y el amor de pie.

Casi se me escapa la felicidad un incalculable número de veces, una por cada cierre de cada galería comercial donde al mismo tiempo se morían algunas de mis primeras veces. El beso, verdad, consecuencia. Dejar la pava. ¿Quieres salir conmigo?. Eres muy riquiño. Yo nunca.

Todas aquellas fotos volvieron al fondo del cajón, con todas las tarjetas de salida que los gorilas de los bares utilizaban como arma intimidatoria, todas aquellas que nunca devolví. Todas las que no di detrás de todas las barras a las que me viniste a buscar. Cuando nos permitíamos morrear.

Y entonces descubrí que hay dos maneras de ser feliz: seguir durmiendo, o aceptar que aquí, al final, no se está tan mal.

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