La semilla de la lucha contra el plástico arraiga en las Josefinas

Los alumnos del colegio ourensano recibieron una visita instructiva del Seprona


ourense / la voz

En el salón de actos del colegio de las Josefinas, en Ourense, se congregaban este miércoles casi 60 alumnos del segundo curso de Secundaria que escuchaban atentamente a Arturo, un guardia civil encuadrado en el Seprona que instruyó a los alumno en la prevención de incendios forestales.

La misión de Arturo, esta vez, no era entre matorrales y bosque. Se trató, más bien, de plantar una semilla. «Debéis hacer de maestros de los mayores cuando vayáis a las aldeas», dijo. Porque una de las realidades que arraigó entre los pupilos fue que la despoblación y la dejadez en los cuidados del entorno en el rural van de la mano. Cinco de los alumnos de las Josefinas presentes en la sala viven en pequeños núcleos de la provincia.

No era el caso de Samuel Zorelle, de 12 años. Él vive en A Valenzá, pero fue una de las gratas sorpresas de la mañana. De mayor, quiere ser agricultor. «Mi padre tiene una finca en Loiro, y me gusta ver a los animales, como las ovejas. Suelo ir los fines de semana, pero si hago los deberes intento ir todos los días», contaba. Hubo un tiempo en el que pensó que su futuro pasaba por ser veterinario, pero lo descartó: «Si lo eres, también ves a los animales sufrir. Y yo no quiero eso».

El drama de las bolsas

Conchi Zúñiga, profesora de quinto de Primaria en el colegio, cuenta que días atrás puso un documental sobre la contaminación en los océanos a sus alumnos. Muestra una fotografía en su móvil, donde niñas como Saray dejan un rostro de tristeza por lo que están viendo.

Este miércoles, sin embargo, todo era barullo y alegría en la planta baja de las Josefinas. En un mural con el lema «Desplastifícate», los pequeños han ido recopilando desde hace más de un mes una serie de útiles de la vida cotidiana, ahora compuestos mayoritariamente por plástico, una iniciativa encuadrada en la colaboración con Voz Natura. Antaño, no era así. Saray sostiene una bolsa de tela para pan que dejó una profesora jubilada al marcharse. Otro niño, una hoja de periódico que servía para forrar libros.

En la pared, varias fichas describen esa vida pasada de los objetos, junto a una hoja de cálculo en la que los pequeños han interiorizado cuántas bolsas de plástico consumen en su clase si llevasen una cada día a las aulas. Al año, serían 16.000. Alguno, con travesura, cuenta que ya ha echado la bronca a sus padres tras conocer el dato. Porque parte del cambio parte precisamente de ahí, de extender su causa.

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