Los magostos de Ourense viajan a la Galicia castrexa

Jácome valora la idea del poblado celta en la Alameda del Bispo Cesáreo y expresa su deseo de repetirla más años


ourense / la voz

Este sábado, la Alameda del Bispo Cesáreo viajó atrás en el tiempo para remontarse a los años de la civilización celta en Galicia. No fue en castros, sino dentro de dos carpas blancas, donde el Espazo Galaico cobró vida para guarecerse de las inclemencias de la lluvia. Paco Boluda, uno de los organizadores, se mostraba satisfecho: «Os galaicos non eran homínidos e eu entendo que o Concello fai esta festa porque queren entroncar os magostos coas súas raíces».

Gonzalo Pérez Jácome, que durante la mañana asistió al acto de la Denominación de Origen Ribeiro en la Plaza Mayor, hizo un alegato a favor del vino como activo de la provincia. «Ourense es la única de España que tiene cuatro Denominaciones de Origen», señaló, y mostró su esperanza de que «esto vaya a más en cada San Martiño». En la misma línea mantuvo su discurso en relación al asentamiento del poblado celta en la Alameda. «Es una vieja idea de Democracia Ourensana, y me parece que está perfecto. Creo que es bastante coqueto», dijo Jácome. La intención del regidor es que se repita en los próximas ediciones de las fiestas. «El año que viene, más y mejor», declaró. La iniciativa fue recibida por los vecinos y turistas con cierta sorpresa. De hecho, algunos ourensanos no sabían que se iba a llevar a cabo.

Mientras tanto, Rafael, Manoli, Conchi y Manuel, cuatro andaluces de paso por Galicia durante doce días y con base en Cuntis, daban el visto bueno a la propuesta. «Me parece bien que se recuerde la historia, de dónde venimos», decía Manuel. Las visitas a zonas de aguas termales fueron su aliciente para venir al noroeste peninsular.

Otro Manuel -este ourensano- y su pareja, Carmen, también lo veían con buenos ojos. «Nótase que aínda están nos comezos e o día non acompaña moito, pero todo o que lle dé espírito á cidade está ben», comentaba el primero. El olor a madera chamuscada y las interpretaciones de los actores, ataviados como celtas de la época, gustaban a Manuel. «Eu sonche galego, amigo!», se despedía.

Los encargados de interpretar a los castrexos, mientras tanto, mataban el tiempo amasando pequeñas galletas de harina que preparaban allí mismo. También había jamón seco, algunas hortalizas y muchas castañas. Y como los galaicos de la época, teñían pequeñas piezas de ropa. Sin embargo, entre esas piezas la más cotizada por los visitantes eran las pieles que algunos castrexos portaban a su espalda.

«¡Ay, qué bueno el traje!», comentaba una recién llegada. Junto a la fogata, varios visitantes vieron en la carpa una buena oportunidad para evitar el frío. Con chaquetas y paraguas, todos se acercaron a los castrexos, cuyo atuendo sí parecía acorde al del día.

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