¡Uff, Woody!


Creo que mi amor por Woody Allen se remonta a mis años de universidad en Madrid. Noches, tardes y alguna que otra mañana, tumbadas -o apiladas, como si de un Tetrix se tratara- en el sofá, con una manta suavísima por encima que después de un lavado trágico no volvió a ser la misma. Tés o lambrusco baratito, dependiendo de las circunstancias que nos llevasen a las comedias existencialistas de Woody; y muchas ganas de desaparecer del mundo y de volver renacidas, de enamorarnos una vez más, de coger fuerzas, de llorar a gusto. Estas sesiones acababan con nosotras desentonando las canciones más míticas de Iván Ferreiro. Supongo que lo que empezaba trágico, terminaba aliviándose. Que las nubes mentales se disipaban o que, simplemente, acabábamos cogiéndole cariño a la lluvia. Eso es lo que significa para mí Woody Allen y todo su cine. To-do-su-ci-ne. Por eso y por ellas, las personas que en aquel momento me acompañaban y con las que aprendí tantísimo sobre emociones y sobre dramas, me tenéis que permitir que suspire plácidamente para decir: ¡Uff, Woody! De la misma forma en que lo hice este fin de semana al terminar de ver Día de lluvia en Nueva York. Aunque bien valdría un ¡uff, Timothée! o un ¡uff, Vittorio! El primero es Chalamet, protagonista de la historia con un Gatsby soñador, inteligente y emocional: un auténtico suspirador. El segundo es Storaro, para mí, uno de los mejores directores de fotografía, mano derecha de Allen. Ahora me toca ver sus películas sin ellas, lo hago siempre sola y en las salas. Woody me lleva de vuelta a ese salón, al que regreso encantada, y ocupa una hora y media de cada uno de mis años, con una buena historia y un final feliz, que demuestra que la vida acaba bien, si tú quieres.

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