Un laboratorio escolar para mirar al futuro en las Josefinas

Los alumnos, que trabajan en un módulo optativo con proyectos de investigación, recibieron una mención honorífica en el Open Science de la localidad coruñesa de Cambre

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Los alumnos de las Josefinas presentan su laboratorio de investigación escolar Los estudiantes del colegio ourensano recibieron el pasado fin de semana una mencion honorifica en Cambre

ourense / la voz

«Profe, ¡cuánto sabes!», dice Inés. En el colegio de las Josefinas, el laboratorio de Carlos Pérez es un hervidero de ideas que aprovechan jóvenes de 14 y 15 años para dar rienda suelta a sus habilidades. El maestro, que lleva cuatro años impartiendo clase en el centro, implantó este módulo optativo con el objetivo de fomentar el trabajo de investigación entre los alumnos. «En otras Comunidades Autónomas, como Madrid o en el Levante, son asignaturas obligatorias», dice. En el aula, el grupo de participantes supera los quince, y todos están procesando ya cuáles serán los grupos y proyectos de cara a este curso. Mientras, viajan por la geografía gallega y peninsular mostrando los del año pasado. Lo hicieron en el Open Science de la localidad coruñesa de Cambre el pasado fin de semana, y a inicios de octubre lo harán en Alcoy.

«Los desplazamientos los costean las familias», explica Carlos. En alguna ocasión recibieron ayuda de la Diputación cuando surgió la posibilidad de presentar alguna iniciativa en América, pero no han recibido apoyo financiero habitualmente.

Los bichos raros

«Recuerdo que el primer año fuimos a Barcelona, y al llegar a las exposiciones, una niña dijo: ‘¡Ostras! Pero si hay más niños haciendo lo mismo que nosotros’», cuenta el profesor. Creían, en su interior, que eran bichos raros. «Pero lo cierto es que la Universidad no puede pretender tener investigadores si no los fomenta desde pequeños», detalla Carlos, que ve en este tipo de iniciativas un magnífico aliciente para que los chavales de las Josefinas saquen y, en especial, disfruten de todo el potencial que llevan dentro.

Ana, Noa y Paula trabajarán juntas este año. El anterior, las dos primeras realizaron un proyecto sobre los efectos Halo y Horn, para determinar a qué edad se empiezan a manifestar los prejuicios en las personas. La última de ellas, junto a otras dos compañeras, realizó un estudio y aplicación de la alelopatía de las coníferas para elaborar herbicidas ecológicos.

Cerca de ellas cuchicheaban Inés y Lía. Curiosamente, ambas tienen en mente dedicarse a la enseñanza de Educación Física en el futuro. Pero sobre la mesa dejaron una pequeña rampa de lanzamiento para medir qué aviones de papel llegan más lejos. «Depende en gran parte de la superficie del objeto», dicen las dos. Pero esto también ha implicado recopilar datos y entender de formulación. Porque para ellas, este tipo de talleres implica salirse del patrón habitual de trabajos. «No queríamos hacer lo de siempre con las plantas», dicen. En las Josefinas, los alumnos también participan en las actividades del programa Voz Natura, así que su implicación va más allá de las clases.

Haciendo piña con otros alumnos

«Que hagan estos proyectos y se junten con otros niños, como pasó en Cambre y donde había casi 140, genera convivencia», dice Carlos, que bromea al explicar que algunos alumnos y profesores ya se conocen de otras ferias y exposiciones con el paso de lo años. «¡Somos una secta!», exclama mientras se ríe. Él recuerda que Jorge Cordero, un antiguo estudiante suyo, terminó años después estudiando Nanociencia y Nanotecnología en Barcelona por estas experiencias en su laboratorio.

A día de hoy, Carlos y Jorge aún siguen en contacto pese al paso del tiempo. Así que, además de ayudar a exprimir el jugo intelectual de los niños, a Carlos también le queda un legado: el de los alumnos que agradecen su tutela para haber mirado al futuro.

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