«Mi labor es apasionante, trabajo con lo mejor que tiene la Iglesia»

Josefa Ledo lleva 43 años de enlace con los ourensanos que ayudan a los más necesitados


ourense / la voz

Josefa Ledo López es todo pasión. Buena parte contagiada por las historias que los misioneros le descubren, y la otra por llevar 43 años haciendo lo que más le gusta. Nació en Santa Eufemia de Ambía, concello de Baños de Molgas, pero es hija de la emigración. Hasta Alemania se fueron sus padres para buscar una vida mejor. Allí estuvo un par de años, hasta que sus progenitores, asesorados por un capellán gallego, decidieron que volviera a su tierra. Así, con 10 años, ingresó como interna en las madres Franciscanas de la capital ourensana, donde estuvo hasta los 17 años. En este espacio, donde afirma que se sintió feliz, descubrió el mundo de las misiones, como voluntaria. No sintió la llamada. Se casó, tuvo dos hijos y se preparó para ser administrativa. Pero estaba predestinada. Llegaron las oposiciones para su puesto, pero Josefa no tenía la edad, así que mientras pasaba un año siguió relacionándose con el mundo de las misiones echando una mano al entonces delegado de este área en el obispado, Aurelio Grande. Fue tanta la energía que este hombre le transmitió que finalmente empezó a formar parte de la plantilla, como secretaria. Y eso que, como explica, sus padres no lo vieron como una buena idea. Querían que Josefa hiciera carrera. Pero esta decisión cambió su vida. Le dio sentido. «Aurelio nos conquistó, fue un hombre que perdió muchos tiempo con nosotros», señala. Entonces, años 70, había más de cuatrocientos misioneros ourensanos por todo el mundo.

Han pasado 43 años, cinco obispos y decenas de misioneros y Josefa sigue manteniendo la pasión por lo que hace: ser el enlace entre los misioneros y la sociedad ourensana. «Nunca me aburrí ni sentí apatía. Todos los días pasan cosas nuevas que te enriquecen. Mi labor es apasionante, trabajo con lo mejor que tiene la Iglesia», explica.

Mantener vivo el espíritu misionero es parte de su función. Y no resulta difícil cuando se conoce el trabajo que estos hacen por diferentes partes del mundo. Las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas, aunque la dedicación misionera siga intacta. «Antes se iban de aquí dejando su familia, su tierra, su vida. No había las comunicaciones que hay ahora y algunos sabían que no volverían a saber nada más de sus seres queridos. Son muy valientes», destaca.

En la actualidad la comunicación es más fácil, pero Josefa Ledo señala que es tanto el trabajo que realizan en sus lugares de destino que a veces no tienen tiempo ni de contestar cartas. Pero eso no es lo importante. «Tenemos un grupo de voluntarios maravillosos que nos ayuda. Escribimos cartas a los misioneros pero no para esperar respuesta, sino para que sepan que estamos aquí, que no nos olvidamos de su labor», subraya Josefa. Todas las historias que escucha a diario sobre lugares del mundo donde la vida de una persona vale muy poco han forjado su forma de ser, aunque es consciente de que la sociedad tiene que avanzar y va a otro ritmo. «A veces nos quejamos de cosas... Entiendo a mis hijos y a mis nietos, pero la perspectiva te cambia cuando conoces otras vidas», dice. Es necesario, subraya, parar, aunque la sociedad te lleve casi a rastras.

Josefa tiene 64 años y piensa en la jubilación, pero más como una manera de dar la oportunidad a la gente joven de vivir su experiencia. No podrá, asegura, desentenderse de los misioneros. «Es una opción de vida», dice.

Su segunda casa. Josefa elige la puerta del Obispado. Es su rincón preferido de la ciudad, porque pasó por ella más de 43 años para hacer lo que más le gusta. Primero como voluntaria y más tarde como secretaria de la delegación de misiones. Es su segunda casa y actualmente es la persona que más tiempo lleva trabajando en el Obispado.

«Con material desechado por el Sergas construimos un hospital en Camerún»

Son tantas las labores que los misioneros han hecho a lo largo de todos estos años que a Josefa le resulta difícil resumir. Guarda con mucho mimo el archivo con tarjetas -antes de existir los ordenadores- con los datos de cada uno de los misioneros que en estos 43 años han desarrollado su labor en el extranjero. Datos personales, dirección de su familia y cartas y cartas a mano en las que relataban historias tan sensibles que cada una de ellas daría para una película. Es un tesoro que, señala, algún día llevará al archivo histórico provincial para que perduren en el tiempo y pueda ser visto por todos los ourensanos. Hoy hay 114 misioneros ourensanos, la mayoría mujeres, en 29 países del mundo, entre ellos Bolivia, Ecuador, Perú, Camerún, Congo, Madagascar, Benín, Angola o Israel. Josefa señala que con lo que tiramos aquí, allí se montan centros sanitarios. No es una frase hecha: «Con material desechado por el Sergas y que nos donó construimos un hospital en Camerún», explica.

El próximo octubre será mes misionero extraordinario. Una fecha que Josefa Ledo quiere organizar de forma especial en Ourense. Se trata, afirma, de dar visibilidad al trabajo de los misioneros. Algunos de ellos regresarán a su tierra para contar sus experiencias. «Intentaremos llegar adonde podamos, queremos que el testimonio de los misioneros llegue a todo el mundo», explica. Ya no son aquellos que iban a la conquista de pueblos indígenas, ahora los misioneros se sienten uno más de los lugares adonde acuden. Tanto, que muchos de ellos prefieren quedarse para siempre, adquirir su cultura y ser enterrados en esas tierras, aunque añoren Ourense.

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