«Tras los entrenamientos, había días en los que la gente invadía el campo de fútbol»

Paco Buyo recuerda sus primeros pasos en el Real Madrid, con el equipo en Galicia


ourense / la voz

Paco Buyo camina sobre el césped del estadio de fútbol García Hermanos, en Betanzos. Allí, en su localidad natal, fue donde empezó todo y supo que lo suyo era estar bajo palos. Y eso que, por su fisonomía, parece un boxeador. «Mentalmente siempre fui fuerte y yo disfrutaba entrenando. A la pretemporada trataba de llegar en óptimas condiciones. Quince días antes de acabar mis vacaciones comenzaba a activar mi organismo haciendo ejercicio», cuenta.

En el verano del año 1986, cuando cumplió su sueño de fichar por el Real Madrid tras dejar atrás Sevilla, Buyo fue una de las caras nuevas que salió del autobús merengue en la pretemporada de Cabeza de Manzaneda. La idea de recluirse en la estación de montaña ourensana para preparar el curso llevaba el sello de otro gallego ilustre: fue Amancio Amaro quien, desde 1984, abrió paso a las estancias del equipo blanco en la zona.

Buyo recuerda entre risas que, por la dureza de la preparación física en la zona, «algún compañero bajaba las escaleras marcha atrás». «El primer año que fui, cogimos el tren, después el autobús y subimos a Manzaneda por una carretera estrechísima. Y esa misma mañana, ya a entrenar», rememora. Al frente del equipo, el holandés Leo Beenhakker. Junto a él, todo un teniente para poner a tono a los jugadores de cara a la temporada, Fernando Mata. «Era de los primeros licenciados en INEF y estaba muy capacitado. Entendió perfectamente la filosofía de Beenhakker porque combinaba el trabajo del físico con el balón», explica.

Pero ni el gusto del técnico de Róterdam por hacer los ejercicios con el esférico les ayudó a librarse de las palizas de cardio a primera hora de la mañana en el pinar de Manzaneda. «Tenía unas zonas maravillosas para correr. El paisaje era idílico, pero las rutinas eran tremendas. Entrenábamos a más de 1.500 metros de altura y eso venía bien para la acumulación de glóbulos rojos, aparte de que había un campo de fútbol que era magnífico», cuenta el exjugador betanceiro. A su manera, Buyo bromea comparando aquella hoja de ruta con la que tuvo que seguir al hacer la mili en Huesca, en su juventud. «Era entrenar, ducharse, descansar, comer, dormir la siesta y volver a entrenar», detalla.

Esa disciplina a la espartana se llevaba mejor, según dice, porque «Beenhakker era un técnico modernista que desde el primer día introducía sus conceptos con la pelota, y eso a los jugadores nos gustaba mucho».

El caos de los fines de semana

A Manzaneda, el refugio espiritual merengue, acudían entre semana algunos aficionados madridistas. Pero el problema venía después de los viernes. «Antes de los fines de semana no había gran afluencia de público, pero después ya se convertía en una peregrinación. Y no solo de Galicia, también venía gente de León y la zona de Ponferrada. Y claro, era tremendo y a veces casi no podías salir ni de la habitación», describe. «Y de aquella aún no había móviles», agrega.

Buyo jugueteaba durante la entrevista con el suyo, mostrando una imagen de una generación del Real Madrid en la que su hijo David -ahora en las filas del Racing Villalbés- compartía once con futbolistas como el internacional Pablo Sarabia y un joven flaco cuya foto, tras no seguir en el club, estaba tachada con una cruz: Neymar.

Buyo recuerda otro talento de su época, que llegó meses después de la preparación en Manzaneda. Entre Míchel, Sanchís y Butragueño estaba el yugoslavo Milan Jankovic. «Era un tipo extraordinario. Daba unos pases milimétricos y todos por abajo. Nunca te mandaba un balón por el aire», dibuja.

A Buyo, que supone que en el fútbol actual su estilo de juego habría casado mejor, también le gustaba estar en contacto con la pelota. «Llegué a jugar de extremo, pero los conceptos de portero los captaba a la primera y entendí que era lo mío. Con Beenhakker jugaba de libre y decían que yo estaba loco, pero era algo que practicábamos a menudo porque nuestro Real Madrid de entonces plantaba la línea defensiva en el mediocampo. Fue una de las innovaciones que tuvimos gracias a la llegada al banquillo de Leo», cuenta.

El recuerdo de A Rúa

Las memorias ourensanas de Buyo se remontan aún más atrás en el tiempo, a sus años iniciales en el Deportivo. Antonio Álvarez, el presidente del club cuando Paco emergió hacia el primer equipo, era de una familia con orígenes en Petín. «Mi primer partido como profesional con el Dépor fue en A Rúa, contra el antiguo Ourense. Y ganamos 2-0», dice.

Por aquel entonces, Paco era un proyecto de lo que llegaría años después, un meta consolidado en la élite. Y él cuenta que en aquella época solo sus amigos le preguntaban cómo era la vida del futbolista, así que vivía sin excesivos agobios. Pero en Manzaneda, con el Real Madrid, ya fue otra cosa: «La gente del hotel era encantadora y se desvivían para que estuviésemos en las mejores condiciones. Y también la Guardia Civil, porque algunos días, al terminar los entrenamientos, había invasión de campo», cuenta. En el hotel, además, se colaban aficionados hasta en el comedor.

Eran días de trasiego y con el contador en marcha hacia el inicio de Liga, pero también con un ojo en el Teresa Herrera: «Era algo soñado, porque el trofeo calibraba tus posibilidades con equipos grandes. A veces, se me ponían los vellos de punta».

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«Tras los entrenamientos, había días en los que la gente invadía el campo de fútbol»