«Nadie sale de su país para dejar atrás su familia y forma de vida»

Un centenar de refugiados participan en el programa de integración de Cruz Roja en Ourense


ourense / la voz

«Cada una de sus historias es diferente. Y las mochilas en las que las traen también son distintas», reflexiona María Martínez. Huelga decir que María habla de las mochilas en sentido figurado, pero sí se refiere a una carga. Muchas veces, mental. Es lo que se han encontrado en el proyecto de ayuda e integración de refugiados que la Cruz Roja de Ourense desarrolla desde hace tres años entre la capital y O Barco de Valdeorras, y que ella coordina a nivel provincial.

Durante 18 meses, en torno a un centenar de demandantes de asilo de latitudes geográficas tan alejadas como Armenia y Colombia buscan resetear e iniciar una nueva vida en Galicia. «Hay dos etapas: una, de seis meses, en la que buscamos que se estabilicen y se integren; y la segunda, en la que la meta es su total autonomía», explica Martínez. En corto, la idea es hacer un borrón y cuenta nueva. Y no es sencilla, porque los límites no son siempre fronterizos, sino lingüísticos. «La mayor parte de las personas que llegan no hablan castellano, y necesitan aprenderlo para ser resolutivos en su vida diaria», ilustra María.

A su lado, Cecilia Bello, asiente con la cabeza. Ella es voluntaria en la organización y cada semana, de lunes a viernes, ayuda a que los recién llegados afronten la barrera idiomática. «Ahora mismo, estoy trabajando con dos parejas de Georgia y una chica de Ucrania», cuenta. Google, el móvil y algo de teatro le ayudan a sortear las trampas alfabéticas de la antigua Unión Soviética, de las raíces léxicas griegas y el cirílico. Y al final, esto parece desembocar en una relación de beneficios bilaterales. «Lo pasas bien, porque son agradecidos. Llevo muchos años en esto y es un mundo que a mí también me ayuda a nivel personal y me siento gratificada».

Cómo insertarse en la sociedad

María Martínez alude a que la mayoría de los refugiados que acogen «son conscientes de que deben manejar el idioma para tener una mínima posibilidad de conseguir un trabajo», pero también señala la importancia de las rutinas. Como en la historia de Viktor Navorski, interpretado por Tom Hanks en La terminal, todo pasa por ocupar las horas buscando cómo adaptarse a un entorno nuevo.

Cecilia se siente particularmente identificada con ello porque, en su momento, su familia pasó por algo parecido. «Como gallega, nosotros vivimos una doble migración: en los 60 hacia Latinoamérica y, tiempo después, cuando mi padre se marchó a Francia», rememora. Y para favorecer la inclusión, María cuenta que «las familias que participan están en pisos de la Cruz Roja, no en residencias o ghettos, para que estén totalmente integrados». En ese sentido, la agilidad para tomar contacto con la realidad laboral o educativa se antoja indispensable.

Los niños, el factor decisivo

Quizá por su inocencia, por su otra forma de ver el mundo que les rodea, son los más pequeños quienes tienden a abrir camino para la integración definitiva. «Se adaptan más rápido y favorecen que los padres entren en esa dinámica», dice María. Los adultos, por todo lo que queda atrás, necesitan otro ritmo. «Nadie sale de su país de manera forzosa dejando atrás a su familia, su cultura y forma de vida», razona. Y Cecilia, que escuchaba atentamente, daba la clave. Que esto solo va de personas: «Al final, todos lloramos y sentimos por lo mismo».

Fiestas vecinales, los pimientos en la puerta y otras anécdotas del contraste cultural

Cecilia concreta que las diferencias culturales, que existen, «se van salvando con las relaciones interpersonales». Quizá una conversación en el parque con un vecino o a la salida del colegio, al recoger a los niños. Todo suma para impulsar la convivencia, que a veces asienta sus bases en gestos tan sencillos como invitar a los nuevos a las fiestas parroquiales. Es lo que sucede en O Barco de Valdeorras. «Si hacían alguna fiesta en la comunidad de vecinos, los invitaban. Y ellos se sentían acogidos porque no los miraban como alguien que viniese de fuera. Emocionalmente, ayuda mucho», cuenta María. Otras veces, la sorpresa se la encontraban literalmente en las puertas de su casa. En forma de hortalizas. «El que te dejen la bolsa con pimientos y tomates de la huerta sorprendía mucho a los primeros que llegaron a O Barco. La primera vez, hasta se asustaron y nos preguntaron qué pasaba», dice con una sonrisa.

Sabiendo que olvidar lo que les empujó a marcharse es harto difícil, los miembros del proyecto perciben en esas interconexiones del rural una buena oportunidad para ayudar a los refugiados a iniciar una nueva etapa. Los niños, por su forma de ser, conectan pronto al tener la posibilidad de estudiar en los colegios cercanos. Pero incluso el boca a boca de los bares tiene su utilidad para los adultos, «porque una persona puede enterarse u optar a un puesto de trabajo a través de esta vía», detalla María. Mientras, en el tejido más urbano, en la Cruz Roja perciben otras ventajas. «En Ourense hay otros sectores profesionales para insertarse, por la presencia de más empresas».

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