La segunda vez que casi muero apenas fui consciente.

Mi padre, un hombre alegre pero torpe en la dura tarea de prestar atención, aparcó apresurado aquella mañana en doble fila para comprar tabaco en un bar raro con nombre de señor mayor bebedor de brandy. Ducados negro. Cajetilla dura. Habíamos tomado un perrito caliente en un local de comida rápida llamado Hot Hut. No quisiera que este dato pasase desapercibido. Los perritos calientes eran novedad por aquí, y confieso que, tras una búsqueda exhaustiva durante los años siguientes a su cese de actividad, no conseguí encontrar aquel sabor por ninguna parte.

Tampoco es que mi paladar se trate de un sentido exquisito, pero algunos sabores se quedan hasta que se van. Y ya no vuelven. Como las personas.

Estábamos en la calle Bedoya, una pendiente inútil en el centro de la ciudad.

El tipo de pendiente que uno rodea por evitar el esfuerzo. ¿Por qué nadie habrá puesto unas escaleras mecánicas?

Y en el asiento trasero yo enredaba con la infancia, la brisa entrando por la ventanilla, la brisa del verano que no había muerto todavía, mientras mi padre hablaba con las palabras inteligibles de ese idioma adulto que los niños no comprenden. Y yo, que era niño pero no estúpido, asentía con la cabeza otorgándole el poder inútil de la razón sin levantar la vista de mi niñez. Otra victoria utópica sin medalla prestigiosa. Pero sucedió que la confianza incorruptible del descuidado traicionó a mi padre. Quizás su cabeza resolvió que dos minutos eran suficientes como para no poner el freno de mano, o quizás solo se olvidó de hacerlo, como solía olvidarse de ser padre, o solo de ser algunas veces, mientras el portazo precipitaba el coche calle abajo.

Cerré los ojos y apreté los dientes.

Apreté el corazón.

Apreté el dolor antes del dolor.

No vi toda mi vida pasar -ninguno de aquellos 7 años se me aparecieron ante los ojos- solo miré de soslayo al pobre señor que vendía cupones en la acera ajeno a la situación. Con sus gafas translúcidas.

Y pensé que era lógico, que para morir uno no necesita estar atento.

Un estruendo contra el cristal y silencio.

Los adoquines enmudecieron. Los semáforos se volvieron rojos al unísono.

Precavidos.

A punto de volverse luto.

Tardé unos escasos minutos eternos en reunir el valor suficiente para enfrentarme con la nueva vida en la muerte pero el otro lado solo resultó ser una braga color carne sobre mi rostro.

El pequeño Ford destartalado terminó en el escaparate de Modas Mérida, jamás podré olvidar toda aquella ropa interior extra grande entrando por el hueco de la ventanilla, los batines de seda azul celeste, los slip balanceándose al ritmo del limpiaparabrisas trasero. Al fondo, en la puerta del bar, el cigarrillo deforme entre los dientes adornaba la expresión exánime del rostro de mi padre. No volví a casi morirme. No hasta que quise bajar Bedoya en monopatín. Ingenuo y crédulo en mis posibilidades de salir triunfador.

Hay calles que es mejor no frecuentar.

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Y casi morir