De heredero del contrabando a alcalde en A Raia

Tras la frontera con Portugal, en la aldea de Tourém, los caminos por los que antaño se traficaba son ahora un reclamo turístico

Son las siete de la tarde y el día se apaga en Tourém, donde solo los cencerros de unas vacas que pastan por las cercanías alteran la paz del entorno. Aislado del resto de Portugal por el muro verde del Gerês y a escasos metros de la frontera ourensana con España, el silencio sigue siendo uno de los bienes inmateriales más valorados aquí. Por la tranquilidad. «Pero hai anos era o mellor aliado dos contrabandistas», cuenta Paulo Barroso, que regenta una tienda de ultramarinos en la localidad y, antaño, cruzaba los montes de A Raia para traficar con café, ropa y hasta colchones. Por aquel entonces, tenía 15 años. E igual que su padre, Bento, que ahora tiene 98 y recuerda con añoranza sus viajes gastronómicos a Ourense, se adentraba en la oscuridad para realizar tres o cuatro viajes en la misma noche. A veces a Randín. Otras, a Guntimil. «Eran bos tempos. Aquí ficabamos moi lonxe das autoridades e o único que saía a perder era o Estado. Pero era contrabando san, non como o de agora», dice Paulo, al que se le ensombrece el rostro al aludir a la droga.

Del tráfico al turismo

En Tourém, el romanticismo de los años en los que se esquivaba a la Garda Republicana no parece haberse perdido. Por los caminos que antes transitaban Paulo y Bento ahora caminan turistas que exploran la Ruta do Contrabando. Cada año, a principios de agosto, una procesión de vecinos portugueses y gallegos recorre los caminos que antes vertebraron la economía local. «Vamos en burro e con algún saco ás costas. É unha copia fiel do que se facía entón», cuenta Paulo. Según él, en Lisboa y Porto suena como una cosa del pasado. Pero se encontraron con que en el Alentejo, lindando con Extremadura, sabían de su existencia. «Ven xente de sitios moi variados, pero sorprendeunos que, un día, chegou un home de Beja que pedía, por favor, que nunca deixásemos caer esta tradición, porque é unha marabilla», cuenta Jaime. Él también se apellida Barroso. «Pero Paulo e eu non somos familia», bromea.

Jaime, de 65 años, conoce bien los montes cercanos. Ahora lidera el cuerpo de zapadores forestales de la comarca, pero en su juventud también fue contrabandista. «Isto axudou a crear unha economía local. Por iso en Tourém, ata a apertura de fronteiras no 1992, non emigrou ninguén», razona. Sin embargo, para él no parecen existir límites. «Miña avoa materna era de Randín e aquí coñecémonos todos, e todos vivimos naquel momento do mesmo», dice. Y ese vínculo, más allá de las líneas divisorias marcadas por las administraciones estatales, no se ha apagado. «Se ardía unha casa ó outro lado, axudabamos a extinguilo. E aquí, o mesmo. Vivimos en comunidade», comenta Jaime.

La caja de Marlboro

En Tourém, en las buenas épocas, llegó a haber hasta doce establecimientos comerciales. Entre ellos, una farmacia. Dice Paulo que «a xente invertía os cartos en facer boas casas». En ellas, los vecinos entran sin llamar. Ahora son cerca de cien, pero en los años dulces del contrabando fueron más de trescientos. Algunos de ellos eran contratados por Bento para sortear la vigilancia de la Guardia Civil y llevar a España bacalao y plátanos en épocas de escasez. Pero eludir a las autoridades no siempre era fácil. Paulo lo sabe bien: «Estabamos esperando un camión para pasar mercancía ás dúas da mañá e ás catro aínda non chegara. E de súpeto escoitei un motor, pero sabía que non era o noso e tireime a unha cuneta. Aí pasou o Jeep dos Carabineiros e entendín que todo estaba perdido. Funme correndo a través polo monte, pero ó chegar á casa do meu pai xa estaban alí, agardando. E no outro lado tamén apresaran ós de Randín. Aquel día, compincháranse os dous lados».

Jaime, a su lado, sonríe. A él solo lo detuvieron una vez, llevando un maletín con navajas de Albacete. Pero por su cabeza pasa otro recuerdo: el día en el que recibió el encargo de subir una caja con cartones de tabaco Marlboro a la localidad ourensana de Vilar. «Tiña que cruzar a serra. Era a primeira vez que ía e acabei nun lameiro», dice entre risas. Pero la caja de Marlboro se salvó del barro y el agua. Era lo primordial, porque «o importante era o que levabas, iso tiña un prezo e falaba da responsabilidade de cada un». Entre líneas, se percibe que cada uno de ellos lo valoraba como un puesto de trabajo. «Facías todo o necesario para salvar o que che daba para gañarte a vida», pondera Paulo. Jaime, mientras, ahonda en las memorias de aquel episodio, que terminó en la casa de Aurelio, la persona que le había encomendado la tarea, dándole ropa seca y también la merienda.

Los cuatro niños del pueblo

Uno de los retos de Paulo, ahora alcalde de la freguesía de Tourém, pasa por enraizar a los jóvenes en la localidad. Apenas cuatro niños viven en la aldea y su colegio está en Montealegre, a media hora de camino. No parece una tarea sencilla, pero él ve brotes verdes en el auge del turismo rural. Hace poco, un grupo de chicos de Porto adquirió una casa en el pueblo. Algunas están deshabitadas y guardan una gran historia tras de sí. Como la del profesor Barros, que ayudaba a los exiliados por la Guerra Civil a refugiarse tras sus puertas en colaboración con los demás habitantes. Bento, que otea el horizonte desde el balcón de su casa, baja la mirada al recordar aquellos años. Algunos de los que huían, vecinos, dormían en los palleiros para combatir el frío.

Aquel sentimiento de fraternidad sigue muy vivo a ambos lados de la frontera. Y Paulo, que subía a Randín a ver con sus amigos los partidos del Deportivo de Champions, alzaba el dedo índice hacia la lejanía diciendo: «Eles galegos e nós portugueses? Aquí, en Tourém, non hai diferencia».

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