«San Martín fue una gran fábrica que se quedó en el camino y en el recuerdo»

La cervecera no pudo soportar la subida de costes derivada de la crisis del Golfo


ourense

El 18 de mayo de 1982, la fábrica ourensana de Cervezas San Martín cerraba sus puertas de manera definitiva. Al día siguiente, La Voz lo contaba así: «A media tarde de ayer se firmó el acta por la que se cierra definitivamente la fábrica ourensana. Las formalidades del caso no añadían más que la decisión oficial del grupo mayoritario de accionistas, entre los que se encuentra Mahou S.A., reiteradamente manifestada desde diciembre del año pasado. Cerca de un centenar de trabajadores quedan sin empleo y un grupo de orensanos pierden sus acciones, que habían comprado con dinero adquirido en varios años de emigración. Cervezas San Martín se une así a la ya amplia cadena de fábricas desaparecidas en el polígono industrial de San Ciprián das Viñas en los últimos años».

Muchas cosas pasaron antes de ello. Se fundó y construyó en 1971, buscando el desarrollo económico de la ciudad, precisamente por eso su capital estaba formado por las aportaciones de ourensanos emigrados a países como Alemania, Francia o Suiza, cuyos ahorros invirtieron en este gran proyecto a cambio de la oportunidad de volver a casa con un puesto de trabajo. Fue el ingeniero Antonio Nolasco Fernández quien actuó como padre del proyecto. Después de llevar a cabo trabajos similares por el centro de Europa y con la puesta en marcha de la muy conocida Estrella Galicia, decidió traer a su tierra natal una fábrica de gran envergadura, un negocio cargado de singularidad para su tiempo, tanto desde el punto de vista tecnológico -por su modernidad y su estructura modular- como desde el punto de vista social -por el empleo que venía a generar y la movilidad económica que provocó en la provincia-. Algo que fue posible gracias al apoyo de la Oficina de Desarrollo Industrial que existía en aquel momento, que dependía de la Diputación y cuyo director era Mario Carreño. Así surgió «La reina de las cervezas de España», tal y como versaba su eslogan, la San Martín, cuyo identificativo mayor siempre será su corona.

De esto y mucho más puede hablar Ricardo García Blanco, ingeniero y técnico en cervecería y malta, que trabajó en la empresa desde 1973. «La fábrica fue pionera en muchísimos sentidos, incluso siendo una de las primeras empresas que se estableció en el polígono de San Cibrao das Viñas», explica el ingeniero. No fue hasta 1972 cuando se hizo la primera fabricación, la cual se dio a conocer, y a degustar, al público ourensano en el Festival do Miño. Una cerveza de carácter especial, con 5,2 grados y un sabor inconfundible, amargo y refrescante. «La crítica fue muy buena desde el principio y, lo más importante, supimos adaptarla muy bien al gusto gallego. Era una cerveza extraordinaria, de verdad, hasta había emigrantes a Alemania que afirmaban sin tapujos que la nuestra sabía mejor que las de allí », añade. Agua, malta y lúpulo eran los tres ingredientes de la San Martín, pero no eran unos componentes cualquiera. La empresa contaba desde el año 74 con una fábrica anexa en la que realizaban su propia malta, materia prima para una buena cerveza, que llegó a exportarse por toda España y por fuera de ella. Además, en el polígono, San Martín contaba con sus propios dos pozos. «Teníamos un agua excepcional para la fabricación de cerveza, algo que influía directamente sobre el resultado final y la hacía extraordinaria y única porque era exclusiva de nuestra fábrica», cuenta Ricardo.

Progresión y crisis

Diez años de vida tuvo Cervezas San Martín, en los cuales dio trabajo a más de 180 personas. Trabajadores empleados de las dos fábricas -la de cerveza y la de malta-, de los depósitos que había en distintos puntos del país para servir al resto de industrias cerveceras e incluso transportistas y otras piezas fundamentales para el engranaje de la empresa. «San Martín vivió desde su nacimiento varios años de progresión económica, llegamos a necesitar hasta 52 camiones de reparto para llegar a todo. Teníamos, algo que era inaudito en aquellos años, un tren de embotellado de 25.000 botellas a la hora. Todo iba de maravilla hasta que llegó la crisis del Golfo, algo que hizo tambalearse a la economía mundial y, como consecuencia, acarreó una subida de los costes que hizo que los beneficios fuesen en disminución», recuerda Ricardo. En este momento fue donde entró a formar parte de la historia de San Martín, Mahou S.A., que después de numerosas negociaciones a lo largo de 1982 decidió adquirir la empresa, cerrando la fábrica de cerveza y manteniendo la de malta. Esta última aguantó hasta el 2005, con Ricardo García como director y más de veinte trabajadores todavía activos hasta entonces.

San Martín apostó por Ourense con una empresa local que se patrocinó tanto en equipos de fútbol, como a través de publicidad creativa, como apoyada en sus jornadas de visitas y de puertas abiertas para amas de casa, para colegios, para colectivos populares. Fue una cerveza reina, de calidad, pero con los pies bien asentados en su tierra y para los suyos. Cuenta Ricardo, quien todavía guarda los primeros prototipos de las botellas en un lugar especial de su casa, que cuando pide una cerveza ahora es Mahou «porque San Martín ya no existe pero la malta será siempre parecida en las dos cervezas» y no puede evitar emocionarse para afirmar: «Siento una enorme satisfacción de haber formado parte de un proyecto que fue el orgullo de Ourense y nostalgia porque fue una gran fábrica que por distintos motivos se quedó en el camino y en el recuerdo». Un recuerdo que se ha ganado a pulso y del que nunca se irá.

«Era una cerveza extraordinaria. Hasta los emigrantes ponían a la altura de las alemanas»

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«San Martín fue una gran fábrica que se quedó en el camino y en el recuerdo»