«El Ateneo era un foco de resistencia, pero libre de compromisos políticos»

El arquitecto Iago Seara lideró la institución ourensana cuando planeó la sombra de su clausura en 1981


ourense

Sentado en un banco en la calle Curros Enríquez, Iago Seara (Ourense, 1948) alza por un momento la vista para contemplar el entresuelo de la Torre de Ourense. Allí, el 25 de septiembre de 1981, fue escogido como presidente del Ateneo local, una institución que este año cumplió medio siglo de vida y que, como en los inicios de Seara, busca fórmulas para sobrevivir. Porque la historia del Ateneo es precisamente esa: pelear a contracorriente. «En aquella época se pagaba un alquiler simbólico a la Caja de Ahorros provincial, y su mecenazgo respetaba nuestra independencia», recuerda Seara.

Iago Seara tomó las riendas de la directiva tras un episodio convulso: el intento fallido de golpe de Estado de Tejero. Por aquel entonces, él era vocal de la asamblea del Ateneo. Y algunos miembros de la agrupación percibieron la necesidad de un cambio. «No es que ocurriese así, pero creíamos que la organización del Ateneo debía estar libre de compromisos políticos, aunque cada uno los tuviese a nivel personal por dentro», explica Seara. Es decir, alejar la ideología de un foco de resistencia sociocultural que, como Seara se encarga de matizar, «estaba dentro del propio sistema».

«El Ateneo surge como una necesidad de un grupo de ourensanos con una postura crítica y responsable con los acontecimientos de la época. Nunca fuimos una fuerza política, pero sí había una actividad importante de maestros, de personas que habían sido castigadas por el Régimen. En definitiva, de represaliados», dice Seara. Pero pese a que el Ateneo no entendía de banderas y su única meta pasaba por dejar una semilla a las próximas generaciones de intelecturales de la ciudad, vieron que en el camino habría más de un bache. «Cuando llegué, se veía que algunas cosas iban a cambiar. Había una serie de estrategias pasivas y alguna también activa para poner en dificultades al Ateneo. Nunca llegué a saber si era porque la Caja de Ahorros no quería renovarnos el contrato, pero también se hablaba de que la Diputación quería vender el edificio de la Torre», narra. Mientras, el Ministerio de Cultura, había pedido meses antes el desalojo del Ateneo por la vía administrativa, así que se marchó a Madrid, a pedir que se reconsiderase el proceso de clausura.

Encuentro con Soledad Becerril

Seara, que relevó a Plácido Baamonde al frente de la asociación cultural, dice que «la subvención que nos pagaba el Ministerio de Cultura se empezó a poner en duda». Tomó un tren a la capital y fue recibio por la jefa de gabinete de Soledad Becerril, por aquel entonces ministra de dicha área. «Le expliqué que el Ateneo siempre había tenido el apoyo del Ministerio y que, en ese momento de la Transición, estábamos en dificultades porque sin aquella ayuda se perdía el poco dinero que había para pagar el alquiler», cuenta.

Así fue como el asunto llegó a los oídos de Becerril, que habló directamente con Seara «para tolerar que el Ateneo siguiese en su ubicación de siempre unos años más». No parece casualidad el uso de la palabra «tolerar», porque la espada de Damocles parece haber perseguido al Ateneo hasta hoy. «Becerril dio las instrucciones y fue la que provocó que la delegación de Cultura en Ourense tuviese una mejor actitud, al ser conscientes del reconocimiento que nos daba la ciudad», dice el protagonista.

La preocupación por el futuro

Seara, que reclamó en su momento que el tema se tratase desde una perspectiva humana y social, pide ahora que «esta tradición no se devalúe, porque el Ateneo debería recibir la generosidad de todas las instituciones de Ourense». Para ello, alude a la necesidad de tener un espacio propio, como antaño. Isabel Salgado, heredera del sillón en el que Iago Seara o Plácido Baamonde, se sentaron tiempo antes, cuenta que los vaivenes para recuperar una ubicación fija del Ateneo no son nuevos. Tras decir adiós a la Torre de Ourense en diciembre de 2011, usaron un local en las galerías de la calle Progreso. Después, otro cedido por el Club de Tenis, que también languideció. Y al final, movieron sus actos al Centro Cultural Marcos Valcárcel tras llegar a un acuerdo con la Diputación, pero sin encontrar un lugar en el que los socios puedan tener un punto de encuentro diario. «La Xunta nos dijo hace más de dos años que nos cedería el local de la biblioteca pública de la calle Concejo cuando se traslade a San Francisco», dice. Por el momento, siguen a la expectativa.

Seara opina que «como patrimonio cultural que es, debería potenciarse y no dejarse morir». Ganarse la atención de las nuevas generaciones será una batalla difícil y él cree que parte de ello «pasa porque coincida una época social determinada con una reflexión crítica del propio Ateneo». «Los jóvenes ya tienen sus herramientas para crear espacios de concienciación. Y además, ¿puedes tener capacidad para ganar su atención en el tiempo?», reflexiona.

Lo curioso es que parte de las problemáticas que ellos afrontaron en su momento siguen latentes, como los análisis de los programas para prevenir incendios en los montes y la reordenación de los espacios urbanos. Esos debates, ahora en las calles, ya se hablaban en el Ateneo hace décadas, cuando Seara y sus compañeros buscaban sostén para mantener su actividad. Él los recuerda feliz: «Así fueron mis tres años al frente, sin excepciones».

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