Telepolítica


Gran Hermano era la vida en directo. Era. Porque lleva tiempo siendo un espectáculo más bien chusco. Cutre. Lo recordaba esta semana en La Voz Israel Pita, el ourensano que participó en aquel programa que también fue un experimento y que nos tuvo enganchados a la tele hace ya 19 años. A partir de ahí ya no volvió a ser lo mismo y apagamos la pantalla. Hay otra que no podemos apagar, si queremos ser responsables, pero la deriva ha sido similar a la de GH. Es la campaña. Las primeras en las que trabajé tenían un punto. Como una primera edición. Gente interesante, discursos con peso, polémicas con sentido... hasta principios. Ahora parece que en lugar de una campaña política estemos viendo uno de esos programas en los que la realidad siempre supera a la ficción.

El casting mete miedo. Número uno al Congreso por Vox una tía de Abascal, que probablemente no haya pisado nunca Ourense; un candidato a la alcaldía por el partido de Pachi Vázquez que hasta anteayer estaba dispuesto a ir de número 3 por el PSOE; los socialistas moviendo personajes para tener cabeza de cartel y con una ministra como animadora para recordar a qué huelen las rosas rojas de verdad; y Baltar presentándose como candidato a la presidencia de la Diputación, un puesto para el que no se le puede votar pero que le sirve para poner su foto (su foto no, que eso está pasado, su retrato, como los reyes) en unos carteles.

Como Gran Hermano. La campaña electoral era la política en directo. Era. Porque lleva tiempo siendo un espectáculo más bien chusco. Cutre.

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