Veinte años, misma ciudad


Mi padre, el primero, se marchó a Venezuela en el año noventa y algo. No sé qué tipo de mundo mejor esperaba encontrar allí, o si los fantasmas ya lo atosigaban tanto que decidió huir lejos. Escapar. Porque todos sabemos que los fantasmas no viajan en avión.

La vergüenza tampoco. Y así nuestra historia de casi padre y casi hijo se quedó en stand by. Alguna llamada esporádica que le proporcionó el alivio temporal y un par de intentos tímidos traducidos en «te quieros» temblorosos e inseguros de sí mismos. Después solo silencio.

Volvió 20 años después. Le ofrecí mi casa sin pensarlo. Él no me enseñó a creer en las segundas oportunidades, pero hubo otro en su lugar que sí. Y diez días con un inquilino no era demasiado tiempo.

Fue raro el primer día. Ya casi había olvidado su cara y su alocada manera de hablar y moverse, emocionado mirando cada esquina, observando todas las caras por si alguna, de pronto, se adivinaba familiar.

Decidimos empezar por todas las cosas nuevas, las que él no había visto y que para mí ya no tenían nada de insólito y hasta me resultaban un tanto repelentes.

El centro comercial -que confesó ser como cualquier otro centro comercial-, la extraña forma retorcida del Puente del Milenio con su infinita escalinata que no fuimos capaces de terminar y las termas, desde lejos, desde el otro lado del río, por si acaso el deseo de sumergirse le asaltaba alrededor. Al auditorio no pudimos entrar, es uno de esos edificios que viven rebeldes sin horario, y al final, como todo ser humano, la prisa fue más fuerte y no había tiempo suficiente para tanta espera. Paramos a comprar tabaco negro en el estanco de Curros Enríquez, al que él solía ir, ese que, incomprensible, está dentro de un portal. Arrancó el precinto de la cajetilla y suspiró mirando a la izquierda: «Anda, la Torre, sigue siendo la misma».

Los adoquines de la calle Concejo seguían desordenados en el mismo orden que dos décadas atrás y el tipo gordo y encorvado de pelo largo y barba canosa que solía gritar solo enfrente del gobierno civil lo hacía con el mismo tono que mi padre recordaba. El sabor del lomo con pimiento del Fuentefría no había variado ni en el punto de sal, y el completo del Rey del Jamón tampoco había conseguido hacer honor a su nombre. Ni siquiera notó diferencia alguna en el Liceo, club donde trabajó algún tiempo, donde la fuente todavía lucía impoluta entre el mármol desgastado de las viejas mesas. Hasta creo que una señora le llamó por su nombre como si hubiese sido ayer la última vez que le vio. «Veinte años parecen mucho tiempo, y aquí nada ha cambiado tanto», me dijo el día que regresó a Venezuela.

Una mañana me llamaron para decirme que había decidido irse a la otra vida. Aunque suene cruel sentí alivio cuando murió. Por él. Porque pudo comprobar que a veces un año dura diez y veinte duran cinco. Que seguíamos siendo casi padre y casi hijo. Y que la calle Luna seguirá oliendo a pis de aquí a la eternidad.

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