«La lectura de mis relatos es un gran entrenador de la empatía»

Ganadora del premio Pepe Carvalho de novela negra, publica un libro de cuentos y reedita su libro «Elena sabe»


Acaba de recibir el prestigioso premio Pepe Carvalho de novela negra en Barcelona, reconocimiento que coincide con la publicación de su libro de relatos Quién no y de la reedición de su novela Elena sabe. Hija de un emigrante gallego, Claudia Piñeiro (Burzaco, Buenos Aires, 1960) es una de las escritoras más importantes de Argentina, además de una destacada activista feminista y social.

-¿Qué supone la novela negra en su obra?

-Cada vez que empiezo una novela casi que tengo que contenerme para no irme al género negro, aparece el crimen, el enigma, la búsqueda de la verdad. Casi todas mis novelas tienen un elemento de novela negra, algunas en primer plano, otras en segundo plano. A veces digo que lo que me pasa es que escribo con muertos y algo hay que hacer con ellos y eso termina en una novela de género negro clásico como puede ser Betibú o en otras que están forzando los límites, por ejemplo Las grietas de Jara, en la que se saben muy rápidamente muchas de las cosas de la historia. A veces se subvierte la pregunta de quién lo mató y por qué, a veces lo importante es saber si se va a descubrir o, en el caso de Elena sabe, si ella va a saber la verdad, porque el lector la conoce antes que la protagonista. La novela negra es una zona de confort para mí, en la escritura, su estructura te indica hacia dónde ir.

-La novela negra tiene ahora un prestigio que contrasta con los tiempos en que se consideraba un género menor. ¿Por qué?

-En Argentina no se la ha considerado un género menor, básicamente porque dos de los grandes autores nacionales, Borges y Piglia, han sido referentes de la novela negra. Borges no porque la haya transitado, sino porque la ha leído, explicado, admirado y traducido y creó junto a Bioy Casares un sello, Séptimo Círculo, donde empezamos a leer los primeros libros de novela negra. Si Borges dice que es un gran género es difícil discutirle en Argentina. Luego Piglia, con su ficción paranoica, también le dio una nueva vuelta de tuerca. Pero para explicar que se subestime hay que entender que en la novela negra entran muchas cosas. Es difícil imitar a Joyce y ponerse a escribir como él, pero hay autores para los que la novela de enigma es más un juego de rompecabezas que otra cosa, y se olvidan del lenguaje y lo literario. Me cansa eso de género menor, yo elijo a los autores que leo porque me gustan, no por el género.

-¿Por qué cree que está teniendo tanto éxito en los últimos años?

-Su auge es porque la gente se siente identificada. En El simple arte de matar Raymond Chandler describe lo que es el género policial: jueces corruptos, sobornos, gente que la meten presa por una tontería mientras los poderosos no la pisan. Cómo no identificarse con todo eso. Es una novela que permite contar la sociedad, porque para contar un crimen tienes que contar la sociedad en la que se comete y para contar una sociedad tienes que contar los crímenes que allí se cometen. Cada sociedad tiene que hacerse cargo de los crímenes que germinan en ella.

-¿Qué da unidad a su libro de cuentos «Quién no»?

-Cuando decidí hacer un volumen de cuentos busqué un común denominador y noté que todos tenían personajes que frente a un abismo, a una situación límite, tomaban decisiones que, vistas en frío, uno diría: yo jamás haría eso. Pero la verdad es que no estuvo en ese lugar. Puede ser una situación reñida con la moral o la ética o incluso un crimen. Su lectura es un gran entrenador de la empatía, al lector se le pide que se meta en los zapatos de esos personajes y entienda por qué llegan hasta donde llegan, aunque luego lo rechace y piense que él jamás haría una cosa así.

-Un crítico dijo de usted: «Hitchcock es una mujer que vive en Buenos Aires». ¿Qué le parece la comparación?

-Hitchcock y Patricia Highsmith son para mí dos grandes maestros de cómo manejar el suspense. Lo que gusta de Hitchcock es cómo te hace entrar en una situación en la que estás preocupado porque el personaje no sabe lo que va a pasar y tú sí. Si me comparan con él, yo encantada.

-Sus cuentos tienen un final abierto. ¿Es algo buscado?

-Para mí son abiertos, porque ¿qué es un final no abierto? Lo que cuento es una parte de la historia de la vida de un personaje. Entiendo que hay gente a la que le incomoda, pero a mí me gusta esa incomodidad, porque obliga al lector a poner algo de su parte, a preguntarse qué va a pasar después.

«En “Elena sabe” las mujeres son privadas de su propio cuerpo»

Elena sabe es una de las novelas más emblemáticas de Claudia Piñeiro, y también la más dura.

-¿Se inspiró en una persona real para componer la protagonista?

-Mi mamá tuvo la misma enfermedad que Elena, conozco el cuerpo enfermo de párkinson. Sé lo que es que alguien tenga que esperar a que haga efecto una pastilla para poder moverse, que esté permanentemente con la cabeza para abajo. Como dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas, a veces le quitamos la mirada al enfermo; en el caso de Elena mira para abajo y tampoco puede mirar. Yo sentí eso con mi madre, que la gente trataba de no mirarla. Esta novela es un primerísimo primer plano, siguiéndola, con lo que estás obligado a mirarla. Fue una pequeña venganza o revancha literaria.

-Las tres protagonistas de la novela son muy desgraciadas.

-Por supuesto. En parte están condenadas por el rol que se le impone a la mujer desde distintos puntos de vista. Una que fue madre y no quería serlo, otra que la obliga a ser madre porque cree que ese es el rol de la mujer, pero ella es soltera, y una madre que tiene una relación difícil con su hija. Se quieren pero no se pueden comunicar si no es a través de la agresión. En la novela el sistema médico institucional se apropia del cuerpo de Elena y la mujer que convence a otra para que tenga a su hijo también se apropia de su cuerpo. Son personas privadas de su propio cuerpo.

-Usted participó activamente en la campaña por la ampliación del aborto en Argentina, que finalmente no salió adelante.

-En Argentina hay tres supuestos en que está permitido: violación, riesgo de vida o malformación del feto incompatible con la vida. Abortar está penado con hasta cuatro años de cárcel. Ahora ha habido dos casos de niñas violadas a las que el sistema de salud no les hacen el aborto cuando lo solicitan y llegan a la semana 22 y como ya hay riesgo las convencen para tener el hijo. Las obligan a ser madres. Habríamos querido que la nueva ley saliera, pero seguiremos luchando porque son procesos que llevan su tiempo.

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