Adónde huir


Ourense / La Voz

Crecer es obligatorio. De eso no nos salva nadie. La batalla se presenta siempre de imprevisto. «¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?», canta Sabina. La respuesta la encontré el sábado por la tarde. Como por arte de magia.

Me pilló también de imprevisto, como cada centímetro crecido. Debí bajar la guardia sin darme cuenta. No sé cómo pasó, pero pasó. En la cabalgata, entre niños que gritaban «¡aquí!, ¡aquí!» para que sus majestades de Oriente les tirasen caramelos, lo vi claro. La misma sensación de encontrar la palabra que resuelve el crucigrama.

Me di cuenta de que mi niñez sigue jugando en las mañanas del 6 de enero, en casa de mi abuelo. Mañanas precedidas de un miedo inocente que no me permitía levantarme a hacer pis por la noche. Los Reyes Magos podían entrar en cualquier momento en casa y si me veían despierta podían llevarse los regalos.

Mi primera bicicleta apreció envuelta en un papel azul clarito del que hasta mi última mudanza aún guardaba un trozo. No entraba en los zapatos, como es lógico, así que sus majestades tuvieron a bien dejarla junto a la enorme olla de agua que pusimos para sus camellos. «¡Se la bebieron casi toda, mamá!».

Ya no hay bici, ni trozo de papel, ni abuelo. Como tampoco hubo decepción cuando me enteré de que los Reyes Magos eran los padres. El primer pensamiento fue para mi abuelo que, con su escueta pensión de emigrante retornado, me compró la bici con la que aprendí a pedalear.

Así que se puede huir a las mentiras piadosas, a las mañanas de roscón y leche y a la cabalgata. Aunque solo sea una vez al año. Pero que sea.

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