«Me sigue apasionando la fotografía»

Sin ataduras laborales, Santi Barreiros busca el alma de la provincia en el paisaje y el paisanaje


La condición de jubilado no ha restado ni un ápice de entusiasmo a Santiago Barreiros Camba (Ourense, 1950). «Me sigue apasionado la fotografía». Llegó a la ella de forma inesperada. Hace ya medio siglo que se cruzó en su camino una cámara fotográfica Yashica minister D. No era suya, pero tan pronto como tuvo ocasión compró una. Empezó retratando piedras y árboles. Volvió a sus orígenes y ahora, con tiempo por delante después de su última exposición, sin la presión del reloj, anda enfrascado en llegar al alma de quienes aún resisten en las aldeas, muchas veces en geografías que sus manos transforman de acuerdo con sus necesidades puntuales. «Me interesa la caótica del campo ourensano y su paisanaje. Es una historia. Los tiempos han cambiado mucho. Ya no basta con encontrar a la persona, charlar y pedirle permiso para la foto. Entre firmas, papeles, derechos, privacidad y mil cosas más, se pierde tiempo y frescura. Pero es inevitable», dice el fotógrafo.

Mucho han cambiado los tiempos desde su niñez y adolescencia. Su casa estaba en la calle Reza. La Alameda le quedaba a dos pasos y aquel fue el escenario en el que creció y pudo percibir en más de una ocasión cómo los nombres de alguno de sus amigos infundía temor y respeto en otros lares. «Y si había que ir al Jardín y saltar, cuando había algún concierto, pues se saltaba, por mucho que algún vigilante se empeñara en lo contrario».

Con la mayoría de edad, Santi arrancó con su amigos Tito y Paco hacia Miranda de Ebro. Habían sabido de una oferta de trabajo en una fábrica de fibras artificiales. Pura química, recuerda. «Ochocientas pesetas a la semana eran demasiado atractivo, pero sospecho que el coste para la salud, de haber seguido allí, hubiera sido demasiado elevado. Nos decían que no se podía tomar alcohol y nos invitaban a tomar toda la leche que pudiéramos. Duramos poco tiempo allí».

De su incorporación a la mili recuerda con gracia que llegó con días de retraso. La música, particularmente el jazz, empezaba a llamarle la atención. Había estado de fiesta en Pamplona y también en San Sebastián. Muy moreno entonces, justificó el retraso diciendo que era soldador en Altos Hornos. «LLevaba los tiques del tren y colo, sorprendentemente. De Parga a San Francisco. La vida aquí me trató muy bien entonces. Trabajaba como administrativo y ayudaba a los delineantes en el estudio de arquitectura donde se diseñaban los colegios de la época. Digamos que alguien conocía al jefe y que tuve trato preferente».

La revelación le llegó entonces en forma de cámara fotográfica. «Hoy hubiera sido distinto, pero entonces lo único que podías hacer era ver revistas. O ir a París, que es donde estaba todo. Y allá fui. Ilegal. Sin papeles. Asistí a cursos de oyente. Aprendí. Llegué a ver en aquella escuela a Cartier Bresson. Me empapé de fotografía», dice ahora Barreiros, que entonces ya empezaba a ver un camino que lo llevó a Madrid, donde «acababa de abrir la primera escuela de imagen».

Regresó en 1975 con las ideas claras. Se fue adaptando, no obstante, a cada momento. Del primer estudio con Fernando del Río, en la calle Bedoya, aparte del trabajo de pura rutina de cualquier estudio, quedan aún murales en algunos portales de la capital. Una excentricidad, si se ve con los ojos de hoy. «La mayoría los enviábamos al extranjero, a personas que querían tener imágenes próximas, de su casa, de su pueblo, o de su gente. Hacíamos lo mismo que Paisajes Españoles, pero aquí».

El peso de la rentabilidad

Llegó luego el estudio con Alfredo García en el barrio de A Ponte. «Era el sueño de cualquier fotógrafo. Tenía 140 metros cuadrados de bajo, color blanco y un equipamiento completísimo. Hubo un momento, sin embargo, ya en 1992, en el que las cuentas no me salían: ganaba más haciendo bodas durante cuatro meses, sin necesidad de mantener una estructura como aquella, que tenía unos costes elevados». Y dio ahí otra vuelta a su actividad como fotógrafo en Ourense, casi siempre a su aire, con una actividad que no se limitó a lo puramente alimenticio. Imaginación y mano nunca le faltó para acciones personales más allá de la pura rutina. «Pues claro que hoy hubiera sido todo de otra manera. Formarse está al alcance de la mano. Hoy encuentras de todo en cualquier parte. Hace unos años hacía falta muy empeño para llegar a algunos sitio», resume Santi Barreiros, satisfecho de haber estado en cada momento allá donde podía aprender y donde podía completar su formación. Sin pisar a nadie y sin renunciar a una copa de vino con los amigos.

Su rincón. La Alameda do Concello. No duda. Es su primera opción desde el momento en el que tiene delante la propuesta de elegir el lugar para la foto. «Fui feliz, como éramos en aquella época, en general, sin necesidad de historias ni rollos extraños como los que encontramos hoy en día aunque no los busques».

«El respeto casi religioso que se ve en Ourense en los conciertos de jazz es espectacular»

Aficionado a la música, particularmente al jazz, que hubiera sintonizado con Eduardo Peña y se hubiera convertido en el fotógrafo de los conciertos del Latino, era inevitable. «Fue una cosa curiosa. Hubiera pedido asistir, por afición, casi diría que lo haría sin cobrar, pero la historia ha sido otra. La nuestra no ha sido una relación comercial. Ha sido especialmente satisfactorio disfrutar con tantas noches mágicas como hemos vivido».

Valora Santi Barreiros en este punto, frente al victimismo y falta de autoestima de tantos convecinos, la sensación de que en el circuito de los grandes músicos de jazz se ve con interés y afecto el trabajo que Eduardo ha hecho aquí. «He estado en otros locales, desde Nueva York a Praga, pasando por Estambul, y diría que en ningún sitio encontré el resto casi religioso que aquí se ve en los conciertos de jazz: es sencillamente espectacular».

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