Las mochilas


Ourense / La Voz

No sé en qué momento se deja de ser becaria. Si es algo que depende solo del contrato que se firma. O si realmente una quiere quitarse el sambenito de encima para que empiecen a llamarla periodista sin más. Parece casi un milagro que eso pueda suceder y, sin embargo, acaba llegando. Como cuando lo máximo a lo que se aspiraba era a vivir sola para no tener que asistir a las comidas familiares de domingo con la resaca ahogando el cerebro.

Lo que también acaba llegando es el fin de la universidad y las preguntas sobre qué va a hacer una con el resto de su vida. Le pasó a Christopher McCandless -como cuenta Krakauer en Hacia rutas salvajes- aunque él escogió una opción poco común. El protagonista del libro opta por liberarse de todas las ataduras que la sociedad impone, incluidas las que las relaciones personales conllevan. No quiere «una mochila» que pese.

Con septiembre llega también la despedida de los becarios. Ingenuos que no saben que nos sitúan en el punto de partida cada vez que cometen un error en el que nosotros ya caímos antes. Cada vez que preguntan algo que nosotros tampoco sabíamos cuando éramos becarios. Los de este año son la espontaneidad y la verborrea de quien no tiene vergüenza. Una cura de prejuicios. Son bocadillos en la piscina a la hora de la comida. Partidas de futbolín. Batidos de vainilla. La voz inocente al teléfono que llama para concertar una entrevista. Son libros de Silvia Plath y atracones de series.

Están a punto de despedirse para volver a la universidad y no entiendo esa insistencia de Christopher por deshacerse de su «mochila».

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