Depuración


Tiene el verbo depurar varias acepciones. Limpiar, purificar; rehabilitar en el ejercicio de su cargo a quien por causas políticas estaba separado o en suspenso; someter a un funcionario a expediente para sancionar su conducta política, o eliminar de un cuerpo, organización, partido político, etc., a los miembros considerados disidentes, según el Diccionario de la RAE. Punto. Viene a cuento porque el Concello de Ourense decidió hace más de año y medio, con los votos de la oposición, crear una comisión de investigación para la «depuración de responsabilidades» técnicas y políticas derivadas, decían, de la anulación judicial de la ordenanza urbanística provisional. Casi nada. Elija el lector con qué acepción se queda, aunque, por aquello de la redundancia, quizás se refirieran a la variable de someter a un funcionario a expediente. Porque para purificar, o para limpiar, igual era suficiente un buen depurativo, a ser posible de origen vegetal, inocuo en la medida en que fuera posible, para lo cual podían pedir consejo en alguna de tantas tiendas especializadas como tenemos en Ourense. Sin tanto lío. Pero volvamos a la comisión. Se creó, pero, como cualquier peatón puede ver, poco más ha dado de sí que su constitución y los titulares del debate, con los manidos reproches de unos a otros sobre la gestión urbanística. Ahora se enzarzan, en ese mundo virtual de las notas y los comunicados, chinita va, chinita viene, que si faltas a la cita, o que si no había convocatoria, sin correo electrónico o papeliño, entregado en mano, con día, hora y lugar. Qué pereza. Y qué valor, en general, hablar de urbanismo sin ser capaces de buscar y encontrar una salida.

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