«El policía tiene que estar en la calle»

Luis Fernández Jorge es guardia civil y después de 42 años de servicio vocacional, este investigador ourensano se retira


ourense

La tradición familiar ya era marcada, con un padre guardia civil, pero fue la vocación lo que tiró para que Jorge, como le conocen en el trabajo, decidiese desde bien joven ingresar en el cuerpo. Se había quedado huérfano de padre a los doce años y, a los quince, ingresó en el colegio de guardias jóvenes Duque de Ahumada en Valdemoro (Madrid), donde se preparan los hijos de miembros del cuerpo. Ya entonces tenía claro lo que quería ser. «Soy guardia civil vocacional», proclama Jorge, ahora que va a terminar su carrera en el instituto armado, después de 42 años de servicio.

Después de tres años de formación, con 18 tuvo su primer destino en el puesto fronterizo de Ponte Barxas. Corría 1976 y en España comenzaba la Transición. Era una Guardia Civil muy diferente a la actual. «No había medios, el servicio era muy difícil, se hacía a pie, con capa y tricornio, pateando caminos, veredas y senderos», recuerda nuestro protagonista. Sus función en aquella zona era, sobre todo, «la represión del contrabando». Se traficaba con todo tipo de objetos, desde televisores en color, a bronce o ganado, apunta. Allí pasó seis meses.

Pero Jorge pronto se encaminó a la que habría de ser su tarea principal en la Guardia Civil el resto de su carrera: la investigación de delitos. En 1977, lo enviaron concentrado al País Vasco con motivo de las primeras elecciones democráticas. Estuvo seis meses entre Eibar y Motrico. «Había un ambiente fatal hacia la Guardia Civil», menciona. Pero en 1980, siendo recién casado, le tocó regresar, como miembro de un grupo de información en Bilbao. Era la «época del plomo», describe, con atentados terroristas mortales casi todos los días. Tuvo que investigar atentados de compañeros de promoción y asistir a sus funerales. «No se valoraba la muerte de un guardia, escuchabas cometarios como ‘algo haría’ cuando eran chavales de 18 años que iban allí destinados, como yo», lamenta.

Después de un año de experiencia, regresó a su destino en Ourense y comenzó a formar parte de la Policía Judicial en 1988. Como uno de los casos más graves que investigó recuerda el de los encapuchados, una banda de asaltantes que robaba a las personas mayores en los pueblos, violando a ancianas. Dos de sus componentes fueron juzgados por en 1994. «Nos llevó más de un año hasta que pudimos demostrarlo», recuerda Jorge. En aquellos años, las investigaciones es hacían sin medios técnicos. No existían las pruebas de ADN o métodos de seguimiento y todo dependía de horas de «sacrificio personal», recorriendo los lugares, realizando vigilancias y consiguiendo confidencias. «El policía tiene que estar en la calle, es la forma de trabajar de estas unidades, si no sales a la calle y tienes buenos contactos, no consigues información», valora el agente.

Pero la calle es dura. Incluso en Ourense. «Ourense parece una ciudad tranquila pero aquí pasó de todo», expone Jorge. Como ciudad de todo, solía caer «lo peor», bandas itinerantes o delincuentes que se desplazaban de Vigo a dar los «palos» a esta provincia. En aquellos años, hubo problemas de robos violentos a personas del rural, gente mayor que guardaba sus ahorros en casa. Luchar contra «la indefensión de la gente de los pueblos» fue una de sus motivaciones profesionales, explica el guardia.

En el enfrentamiento con los malos, Jorge fue testigo de la muerte de un amigo policía, el subinspector Amadeo Bande, quien falleció en 1989 por el disparo de un atracador. Jorge formaba parte del operativo policial que se montó en la carretera de Reza para detener al autor de un atraco en un banco de A Arnoia y que abatió al delincuente.

Desde 1990, Jorge ha estado trabajando en la Audiencia Provincial, en la Unidad Adscrita de la Policía Judicial. Ahí investigan casos ya judicializados, a las órdenes de jueces y de la fiscalía. También colaboran con la unidad orgánica, que tiene poco personal, aunque destaca la gran profesionalidad y valía de este equipo.

«La Guardia Civil fue y es mi vida y lo será hasta que me muera»

«Me queda la satisfacción del deber cumplido. La Guardia Civil fue y es mi vida y lo será hasta que me muera. Creo que he cumplido con la sociedad», concluye Jorge. Si años atrás no se valoraba los sacrificios de la labor policial, teniendo que salir en medio de la noche o de comidas familiares ante una llamada por un caso en la otra punta de la provincia, Jorge cree que hoy sí se reconoce el trabajo de la Guardia Civil. Cree que se agradece también la atención y la protección que prestan a las víctimas de los delitos y a sus familias.

Para sus compañeros de profesión es Jorge, pero para sus amigos de la infancia y del barrio y de la calle Ramón Puga es Luis. Todavía sigue reuniéndose con sus compañeros del antiguo colegio Luis Vives, con los que estudió hasta los quince años.

En la jubilación, dedicará su tiempo a la familia: mujer, dos hijos (guardias civiles también), dos nietos y a sus aficiones, la fotografía y la talla de madera.

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