«Hice la oposición sin vocación alguna, pero ahora ser celador me pone»

Con antepasados limianos, Manuel Bolaño es un forofo del entroido que no perdona el disfraz


ourense

Manuel Bolaño engaña. Es una de esas personas que uno se cruza en la calle pensando que tiene pinta de señor serio, incluso introvertido. Sin embargo, tras esa fachada esconde una personalidad bien distinta. El tiempo de una pequeña charla mientras tomamos un café es suficiente para descubrir a una persona comunicativa, divertida y con esa retranca propia del buen gallego. Aunque nació en Alemania. «Soy hijo de la emigración, pero me vine con seis meses. En alemán solo aprendí a llorar. Y aún sigo llorando en ese idioma; es un lloro más contundente», apostilla. Así que a pesar de ese «accidente» geográfico, Manuel se siente ourensano hasta la médula. Con raíces limianas, no cuesta mucho entender por qué el carnaval supone para él una celebración muy especial. «Salimos todos los años al menos dos días disfrazados. Casi siempre me toca el papel femenino de la pareja». Habla en plural porque forma tándem con su mujer, Julia. «Hoy le gusta tanto como a mí, pero fui yo quien la contagió», aclara.

Sin embargo, confiesa que ella le pegó otra de sus pasiones. «Es forofa de todos los deportes, pero especialmente del fútbol; así que nos acabó contagiando, tanto a mí como a los niños. Llevamos juntos más de media vida», apunta recordando que se casaron con 25 y 21 años, respectivamente. De hecho ya tienen dos veinteañeros: Daniel y Javier. «Solemos vacilar a otros matrimonios de la pandilla, porque nosotros ya los tenemos criados y podemos salir por las noches sin problemas y ellos tienen que andar buscando con quien dejarlos», cuenta con una sonrisa pícara.

Manuel conoció a Julia cuando ambos preparaban oposiciones. Él para celador, ella de auxiliar. Manuel cuenta que no tenía mayor devoción por el ramo sanitario. «Mi padre trabajó en la construcción de la residencia y luego se quedó allí en la limpieza. Él siempre me animó a que fuese a trabajar allí y yo nunca quise. Fue a los 24 años cuando unas amigas me convencieron para preparar una oposición», recuerda.

Consiguió plaza en la localidad burgalesa de Aranda de Duero. «El año 92 fue para mí muy importante: obtuve mi primera plaza fija, me casé y tuve mi primer hijo, Daniel», apunta. Años después pidió el traslado y le dieron Vigo, pero ya fijó residencia en Ourense. «Iba y venía todos los días. Era una paliza, pero es que soy un enamorado de Ourense. Es como un pueblo grande; si hay alguien que no conozcas, seguro que en tu entorno hay alguien que sí le conoce».

En sus 26 años de profesión ha acumulado cientos de anécdotas, entre ellos la novatada que le tocó pasar y que luego, reconoce, el mismo gastó o otros. «Ahora ya no se hacen, pero la más habitual era mandarte a buscar a un fallecido para el depósito, que obviamente no era tal, sino un compañero; y cuando ibas con la camilla en el ascensor, de repente el cuerpo se levantaba», narra. Estuvo en varios servicios, desde radiología a información pasando por los quirófanos o el hospital materno infantil, y ese periplo le ha descubierto una profesión que, confiesa, ha aprendido a querer. «La verdad, cuando elegí ser celador para la oposición no tenía vocación ninguna, pero tengo que reconocer que ahora ser celador me pone; estoy encantado de esta profesión». Y ello pese a que reconoce que estos profesionales no gozan de la misma consideración que otros «a pesar de que somos imprescindibles para que el sistema funcione, porque no solo llevamos gente de un lado a otro», matiza. «En el trato con el paciente tenemos una ventaja: la gente tiene confianza con nosotros. Nos hablan de tú y eso facilita que a veces lleguen a contarnos cosas que no les sale decir a médicos o enfermeras y que pueden ser importantes», dice recordando una anécdota personal de un enfermo que se negaba comer. «Somos la primera cara del sistema y los que le dicen adiós. Tenemos muchas virtudes pero no nos sabemos vender», opina.

Quién es. Manuel Bolaño Pérez nació en 1967. Es jefe de Personal Subalterno del área sanitaria ourensana, tarea que comparte con otro compañero ya que aglutina no solo a la plantilla que corresponde a esa categoría en el CHUO y los hospitales de Verín y Valdeorras, sino también de los que trabajan en Atención Primaria. Comenzó de celador raso en el año 1992, en la provincia de Burgos tras aprobar las oposiciones.

Su rincón. Manuel asocia la praza do Trigo con los buenos momentos de ocio compartidos; primero con su padre, en el Moruno, y ahora con su mujer y su pandilla en el Tragos.

«La incorporación de la mujer ha ayudado a mejorar la profesión»

Cuando Manuel repasa su trayectoria profesional, hace una parada en la incorporación de la mujer. «En los grupos que yo he estado nunca hubo problemas ni reticencias, pero es que además el colectivo ha ganado mucho con la incorporación de la mujer; ha ayudado a mejorar la profesión y eso nos beneficia a todos». El principal cambio, dice, es la consideración del colectivo. «Antes éramos solo el chico forzudo que servía para mover bultos de un lado a otro; ahora se nos ve de otro modo porque ellas han humanizado la profesión», dice. Pero además les apunta otro tanto: «Nos han ayudado a ganar en salud. Hoy en día es cierto que tenemos mucho más aparataje, como las grúas, que nos evitan algunos esfuerzos, pero yo creo que gracias a ellas también se ha desarrollado mucho todo lo relativo a las técnicas ergonómicas. Hoy nos enseñan que no es cuestión de fuerza, sino de técnicas de movilización adecuadas».

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