Pena Corneira, aquella calle


Escoger es una de esas tareas que a casi nadie se le da bien, en la mayoría de los casos las circunstancias lo hacen por ti. Tu bar favorito, tu postura favorita, tu grupo favorito. Nadie señala y elige. Solo sucede. Como suceden casi todas las cosas buenas.

A mí ni siquiera me escogieron, un día aparecí allí, en aquel piso de la calle Manzaneda que tan solo era un pasillo con puertas a los lados pero con la distancia suficiente para jugar a las olimpiadas con mi hermano. Lanzamiento de Playmobil, tiro con arco a los cuadros de mamá.

El pasillo acabó vacío. La casa acabó vacía.

Justo en la cima de la subida de mi calle empezaba otra, Pena Corneira, lo sé porque fue la primera placa callejera que aprendí a leer, lo sé porque estaba justo encima de aquel bazar lleno de cómics y juguetes donde nunca me compraban nada, donde todas las niñas de Carmelitas vestidas de uniforme azul entraban a fisgonear.

Al cabo de poco tiempo nos mudamos y me olvidé de la casa, de Manzaneda, de ti, de todo.

El destino, siempre empeñado en mantener una guerra de poder infinita conmigo, decidió que Pena Corneira sería mi calle favorita, al menos durante aquellos años eternos en que la sensación fugaz que provocaba el paso acelerado y diligente del tiempo, iba transformando la

pelusa en bigote, los refrescos en cerveza y las greñas en melena.

Trazábamos el plan del fin de semana cada sábado sobre los cristales rotos de las mesas del Rivers, subíamos un poquito más la calle hasta el Gala tonteando con la madurez entre cortos de cerveza y visitas al cíber café de enfrente donde nos crecían el valor y la autoestima a 100 pesetas la hora detrás de chats desbordados de mentiras y piropos desproporcionados.

Nos refugiábamos en discotecas que abrían por la tarde. No nos importaba si se llamaba Karnak, Ticopa, Búnker o Ambix, cualquiera nos servía como trinchera para citarnos con las decenas de chicas de la red sin ser vistos, para esconderme los segundos suficientes y conseguir que no salieran corriendo al verme. Al comprobar que no soy lo que esperaban.

Con la derrota solitaria asumida y tras agotar mi capital con la tercera Heineken se me acercó una chica sonriente, la vi a lo lejos por el brillo de sus brackets; tratando de ocultarlos con un intento de estirar su labio superior lo justo para tapar su vergüenza, me agradeció todas las mentiras que unas horas antes yo le había escrito desde el otro lado de la pantalla, las que utilizas a diario para hacer sentir distinto al otro, mejor.

Falsedades que otorgan.

Enrojecí y sentí la gota que mancha la ropa interior. La del que pierde. Terminamos juntando sus brackets con mi inseguridad, y justo en ese segundo de descanso del beso adolescente en que uno no sabe qué decir afirmé: «Esta calle se llama Pena Corneira, lo sé porque justo encima de nosotros está la primera placa callejera que aprendí a leer».

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