La intimidad revelada en un centenar de fotografías

Autorretrato contemporáneo en «Esto no es un selfie. Adolfo Domínguez» en el Marcos Valcárcel


ourense

«Como llenarte, Soledad, sino contigo misma», Luis Cernuda.

La conocida firma de moda de autor Adolfo Domínguez, 40 años después del regreso del diseñador a su ciudad natal y convertido en un referente de la moda a nivel mundial, plantea como campaña publicitaria el proyecto: «Esto no es un selfie». Para ello cuenta en la experiencia con rostros conocidos del cine y la televisión como Inma Cuesta o Luis Tosar, además de una centena de autorretratos de artistas anónimos que aceptaron el reto de mostrar una imagen de sí mismos interiorizada y sincera, y que además de descubrirse y participar en la exposición optaban a otro premio adicional.

Desde las primeras manifestaciones artísticas en la Historia del Arte, el hombre ha querido perpetuar su imagen más allá del tiempo, proyectando sus manos en un intento por atrapar la infinitud.

A través de los autorretratos de Bacon, Van Gogh, Goya, Rembrandt, Picasso, Frida, Leonardo, Dalí, Durero, Scheile, Warhol, Magritte… Los artistas a través de este ejercicio experimentan uno de los análisis más profundos de sí mismos. Al contrario que el selfie, frívola proyección de la vanidad y el presente de la imagen artificial y pública, ficticia, vacua e insustancial; síntoma de la patología de una sociedad enferma de egolatría, globalizada en el instante que perpetúa y devora al mismo tiempo que olvida; el autorretrato es un viaje introspectivo a la profundidad del yo.

El autorretrato presenta al personaje sin referentes contextuales ni espacios paradójicos. Enfrenta al individuo y este se expone a la mirada del público, el ser ante el espejo se interpone contra un espectador invisible.

Una mirada propia que busca en los accidentes, cicatrices y expresiones del rostro en la cartografía de la piel, la esencia, la etopeya del personaje que se presenta a través de su prosopografía externa. Una historia contada por uno mismo, en primera persona, sin juicios de valor más que el propio juicio de la intensidad de las miradas como un espejo al interior del precipicio abisal del ser dual.

En la muestra se incita al espectador a la perversión del voyeur, encarando la intimidad expuesta del personaje que creemos conocido en su apariencia externa y desconocemos por completo. El espectador convertido en voyeur diletante entra y sale de otras vidas, de otras expresiones, de otras miradas. Atraviesa espacios reservados, primeros planos, secuencias paracinematográficas en las que domina el blanco y negro frente al color, poesía atemporal para un tiempo frenético. Silencio ensordecedor para acallar el ruido.

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