Don dron


Ni uno. Entre los cuarenta y seis pinchos del listado de sabores de outono no asoma ningún dron. Ni por activa, ni por pasiva, aunque tampoco se debe descartar una arriesgada operación, innovadora a rabiar, cual sería la de servir el pincho utilizando un dron para llevarlo de la cocina a la mesa. O dejarlo caer, con el punto de riesgo, emoción e incertidumbre que ello aportaría. Hasta se podría abrir una categoría específica para quienes se atrevan, naturalmente muy pocos, pues solo sería posible acometer esta obra en espacios abiertos o locales con techos altísimos. El recinto de Expourense, un suponer. Volviendo a los pinchos de otoño, es raro que no haya asomado ningún dron, porque, de un tiempo a esta parte, estos artefactos se dejan ver en los lugares más insospechados. Es un mundo de posibilidades el que se abre para sus pilotos, para sus diseñadores y para quien sepa encontrar las vías de negocio en el momento adecuado. Su penúltimo destino proyectado y conocido es el de exterminador de avispas de las llamadas velutinas, las asiáticas, que son malas a rabiar, según cuentan los apicultores. De estas máquinas voladoras ya se ha dicho que servirán para dar el sulfato y liberar al viticultor de tan incómodo trabajo, para llevar a destino los envíos de los supermercados virtuales, o vigilar los montes para detectar humos y hasta cazar incendiarios, aparte de labores menos sofisticadas como la fotografía aérea o el espionaje con fines más o menos confesables. De vuelta a los sabores, a falta de pinchos voladores, tenga en cuenta el lector que dispone de 46 bocados diferentes, sólidos, que alguien ha pensado y preparado con mimo para agradar.

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