De boticario a bodeguero tradicional

Miguel Araújo abandonó su farmacia con 38 años para crear «viños espidos»


Pontevedra

En época de vendimia, cuando está solo, se acuesta a las 3 de la madrugada y se levanta a las 6. Este mes le ha coincidido el adelanto de la recogida de la uva con el de la contratación del Sergas para Atención Primaria, así que madruga para echar un vistazo a sus viñedos -no son en propiedad, los trabaja- antes de ponerse una bata blanca y comenzar a atender pacientes. Luego, cuando acaba su turno, regresa para coger las tijeras de podar. El otro día, al llegar a casa, se encontró que el equipo de frío se había estropeado y el tiempo seguía corriendo, y desapareció del mundo durante unas horas hasta que estuvo seguro de que estaba resuelto. Se trata de un sistema que ha hecho con sus propias manos, como tantos otros viticultores. Un equipo industrial puede rondar los 20.000 euros y su proyecto no está todavía para esos gastos. Sí para los quebraderos de cabeza. La prensa hidráulica le está lanzando avisos de que quiere jubilarse. Serán otros 3.000 euros.

Y, aun así, Miguel Araújo dice que eso no es trabajo, que trabajo era lo que hacía antes, lo que hizo durante muchos años al otro lado de un mostrador. Tras licenciarse en Farmacia y ser empleado en muchas de ellas, llegó a tener una. Estaba en Santiago de Compostela y le aseguraba una vida tranquila y cómoda. Tenía 38 años, una novia de la que ya sabía que no iba a separarse, Elena, y una fuente fija de ingresos. ¿Entonces? Se hizo mayor. «Houbo un momento en que me fixen maior... bueno, maior xa era... pero me fixen adulto, e me din conta de que o tempo é finito. De que eu agardaba o momento de saír de traballar para disfrutar e facer o que realmente me gustaba. E decateime de que non ten sentido: non podes estar desexando que se acabe o día para ser feliz», explica.

Y para él no hay otra forma que en la naturaleza y «dignamente». Tal vez por eso de adolescente pasaba horas podando árboles y cuidando plantas en el jardín de su casa. Eran doce, diez hijos y los padres, y a Miguel la rama sanitaria le salía por los poros. Le gustaban la física, la química y la biología, así que intentó primero lo más obvio, Medicina, pero no entró. Y giró por el siguiente cruce. En el relato de su vida va introduciendo datos sobre vino. Es lo que realmente le importa. «Desconfía dun viño que sabe sempre igual; iso só o fan as Pringles, xa o dicía Sheldon Cooper», ríe. «O que buscas cando fas o teu propio viño non é o sabor, senón o terroir», dice, con entonación francesa.

Tras casi una década detrás del mostrador, en diferentes puntos de Galicia, aceptó una oferta para irse a los Pirineos. Dos años después regresó a Galicia y abrió su propio despacho. Y lo dejó. Y entonces tuvo claro que, además de querer vivir del campo, quería hacerlo del vino. Vendió la farmacia que le aseguraba un sueldo de por vida y un horario y se fue a Jerez a estudiar Enología. Rozando los 40, y como alumno de una clase en la que ni siquiera era el mayor -«por desgraza o viño é para xente madura e é unha mágoa, porque a calidade do alcol é moito maior qua da cervexa, pero a xente nova achégase máis a esta que ao viño»- se fue de Erasmus a Burdeos.

A su vuelta todavía pensaba que montar una bodega era más caro de lo que realmente es. Al menos, si estás dispuesto a dedicarte a ella en cuerpo y alma. Tomó la decisión mientras paseaba con Elena por el Camiño da Serpe (son vecinos de Pepe Vieira). Fue una revelación tan clara que cambió su vida, la de los dos, y se ganó una marca propia de vino. La primera, el emblema de la Adega Miguel Araújo, es Mamá Pastora. Además de a Miguel, crió a otros nueve hijos tras la muerte de su marido. Para todos ellos es más que una institución. Por eso ella se llevó la primera botella. Le gustó mucho. Y eso que no bebe alcohol.

Tras recorrer durante año y medio todas las parroquias con viñedos de Ribeiro o Ribeira Sacra -no pertenece a ninguna denominación porque no cree en los consejos reguladores-, una persona mayor le dijo: «Quen malla na rocha, atopa robaliza». Al día siguiente encontró la casa ideal por Internet. El resto es presente. Son sus viños espidos, sin correcciones; son los fungicidas solo de contacto (azufre y cobre) y no sistémicos -lo que le llevó a perder el 60 % de su producción el año pasado-; y es su nueva vida.

Su filosofía es intervenir lo menos posible en el proceso. Con una sola cosecha (1.700 botellas de Mamá Pastora, 2.200 de Serpe y el Gábea, tinto, aún en barrica), ya está en dos estrellas Michelin -Culler de Pau y Árbore da Veira-, y hay un tercero interesado, además de Japón.

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