«El trabajo con mayores engancha porque es un colectivo muy agradecido»

Madre e hija coinciden en que la gente tiene una idea equivocada de los geriátricos, donde ellas trabajan


ourense

María José Penedo Pérez siempre supo que quería ser médica. «Lo tuve muy claro desde pequeñita. Yo decía que quería ser como mi abuelo materno, que fue médico en Barra de Miño y tenía además consulta en el barrio de A Ponte, donde yo me colaba y pasaba tardes enteras con él». Buena estudiante, logró su objetivo sin tropiezos y comenzó a ejercer a los 23 años en centros de salud de Atención Primaria con contratos por sustitución. Años después se integró en el equipo de facultativos de la Fundación San Rosendo, donde sigue ejerciendo en la actualidad. Su primer destino en el grupo fue la residencia Nuestra Señora del Socorro, de Arnoia, donde también se ocupaba, de los grupos de Inserso y del balneario.

En 2005 le propusieron un cambio: ocuparse de la atención médica en Os Gozos y asumir también la dirección de esa residencia de Pereiro de Aguiar. «No me lo esperaba, pero lo afronté como un reto personal», señala al referirse al salto cualitativo de integrar la labor de gestión de un centro de este tipo a su trayectoria profesional. «Inicialmente me asustaba un poco, no por la faceta médica porque ya tenía muchos años de rodaje, sino por llevar adelante todo lo que tiene que ver con una residencia tan grande como esta, con 198 plazas», recuerda. Doce años después dice que no se arrepiente, aunque reconoce que si hoy le dieran a elegir una de las dos facetas en exclusiva «me quedaría con seguir ejerciendo la medicina».

A su hija, Thalia Sequeiros Penedo también se le despertó el interés por la profesión que hoy ejerce visitando a su madre. «Iba a buscarla con mi padre a la residencia y a mí me alucinaba ver el movimiento que allí había, tanto por los ancianos como de todas aquellas personas con batas blancas de aquí para allá, y el ambiente de trabajo en equipo», recuerda. De hecho asegura que no le gustaría estar en un empleo en el que tuviese que trabajar sola. No lo hace. Esta educadora social desempeña su tarea profesional en las residencias de A Peroxa y Cea, también de la Fundación San Rosendo. A la hora de elegir hacia donde dirigir sus estudios dice que ya tenía clara que su inclinación era más social que sanitaria, «aunque al principio, con madre médica y padre veterinario, pensé en la enfermería; pero al crecer me di cuenta de que yo quería ayudar de otra forma», explica. «Nunca quise presionarla. Para mí lo más importante era que eligiese lo que más le gustase; y yo ya veía que el tema de las agujas no le entusiasmaba», comenta la madre. «Eso es cierto», corrobora entre risas la hija.

Lo que también tenía claro Thalia es que quería trabajar «con personas de colectivos especialmente vulnerables». Su primer contacto laboral como educadora social lo tuvo, en prácticas, en el Comité Antisida y luego en entidades de discapacitados. También trabajó con niños antes de entrar en una residencia para personas con problemas psiquiátricos de la Fundación San Rosendo. «Esta profesión es muy diversa, dependiendo de con qué tipo de personas estás trabajando», señala la joven. «Con niños, por ejemplo, es más fácil porque sus condiciones físicas y cognitivas te permiten usar un montón de recursos que no puedes utilizar con mayores; pero también es cierto que a pesar de las limitaciones, o de que uno tenga párkinson y otro no oiga bien, la labor con los abuelos es mucho más gratificante. Yo diría que el trabajo con ellos engancha porque es un colectivo muy agradecido», añade.

Su madre concuerda con la opinión, y no solo en la percepción anímica. «Muchas veces cuando hablas con colegas te comentan que no debe de ser una tarea gratificante porque al ser personas tan mayores y delicaditas habrá muchos fallecimientos; pero yo siempre digo que es una medicina muy agradecida por cómo responden al tratamiento los mayores». En ese sentido, la médica hace una reflexión para todos los que ejercen su profesión en una provincia tan envejecida como la ourensana y por tanto se encuentran con frecuencia con estos pacientes. «Yo recomendaría que en la etapa MIR se conociese más lo que es la asistencia geriátrica. Con estas personas muchas veces se tiende a achacar todo a la edad, y no es cierto. Un paciente de 90 años puede tener demencia senil, por ejemplo, pero también otras patologías a mayores que hay que tratar con el mismo interés que en otros. Hay que cambiar ese concepto porque ellos también tienen todo el derecho a que se vele por su salud y calidad de vida».

También concuerdan ambas en que la gente tiene una idea equivocada de los geriátricos. Algo que achacan al desconocimiento y que comprenden. Tal y como explica María José «cuando yo llegué reconozco que la idea que tenía es la misma que tiene mucha gente de la calle. Piensas que sería un trabajo en un entorno triste, o incluso más pesado, pero lo cierto es que te sorprende porque el ambiente es todo lo contrario», dice.

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«El trabajo con mayores engancha porque es un colectivo muy agradecido»