Mis mujeres mayores


Harto de que ninguna de las camareras de los bares a los que iba me hicieran ningún tipo de caso, incluso después de romper las copas contra la barra o irme cada noche sin pagar, decidí que lo mejor sería trabajar en uno. No hace mucho fui más joven, quizás más guapo, y me gustaba jugar con la vida desde detrás de la barra como si de una zona segura e infranqueable se tratase, esa zona que los niños usan como refugio y que bautizaron como «casa» en aquellos juegos de parque. Mi primer bar se llamaba Vai-Ven. Local por y para universitarios. Allí descubrí mi pequeña obsesión por las mujeres mayores, mayores para mi edad quiero decir.

Al segundo jueves me enamoré como se enamora uno al sexto gin tónic de una universitaria de cuarto o quinto año que todavía no tenía claro si yo le gustaba en realidad, si era ese halo atractivo que tiene la barra o el simple hecho de que a todos nos gusta gustar. Tenía ese tipo de sonrisa, ese con los dientes torcidos que vaticina el te quiero-te odio del manual de las relaciones turbias y adictivas.

Me invitó a salir al tercer jueves.

Trazó una ruta por todos sus sitios favoritos, sitios que después utilicé en mis rutas con muchas otras. Me enseñó «el completo» de El Rey del Jamón, esa anchoa tamaño ballena del Fuentefría, bebimos «Lume» mientras escribíamos alguna frase comunista en las paredes del Priorato justo antes de intentar besarnos frente a una botella de licor café en aquellas banquetas enanas del bar París, donde perdimos el equilibrio y no nos acertamos. Después, durante las siguientes horas, la ciudad se volvió borrosa, como la vería un miope que se ha quitado las gafas y, en un intento inútil, entorna fuerte los ojos para tratar de enfocar.

Volví en mí de día, sentado frente a un ron cola y una tapa caliente de callos. «Estamos en Marbella Isaac», me dijo tras preguntarle. Sonreí. «Yo prefiero Melilla», contesté con complicidad en el juego. Aquellos bares contiguos significaban el final de la ruta.

La acompañé a su casa mientras la borrachera se iba quedando un paso por detrás incapaz de seguir nuestro ritmo de camino al centro, se perdió en algún punto entre el parque del Miño y el viaducto del puente nuevo. Deseé con todas las fuerzas que me quedaban una invitación a subir a su piso, deseo que escapó al escuchar como me advertía de que la madre de su compañera de piso estaría a punto de llegar, advertencia que agotó las pocas fuerzas, las muchas ganas. Y me fui. El señor gerente del Vai-Ven me invitó a dejar el puesto de camarero, al parecer esa política mía de cambiar copas por números de teléfono no le parecía beneficiosa. Y ninguno de mis argumentos bailando con el absurdo pudieron convencerlo. Me fui a trabajar al bar de enfrente: Dock.

Aquella universitaria y yo tropezamos meses después, sin querer, en mitad de la ruta que me había enseñado. Ella con el nuevo camarero del Vai-Ven, yo con la madre de su compañera de piso. Hay obsesiones que te persiguen de por vida.

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