Tioira, memoria de la alfarería gallega

Abre un museo para recordar al último artesano de O Batán y practicar con el torno

Oleiros: los últimos de un oficio Jesús heredó de su padre la pasión por la alfarería. Este ourensano es uno de los últimos oleiros que quedan

ourense / la voz

Existen unos maquis que ejercieron su particular resistencia sin irse al monte. Unos maquis de los que nadie habla y que no aparecen en los libros. Unos maquis que lucharon para que los oficios y costumbres gallegas no se perdiesen. Y lo hicieron a cara descubierta y con sus propias manos como única arma. Manuel Carrera fue uno de esos maquis; un hombre que hizo girar el torno de su alfarería hasta sus últimos días y que se resistió a dejar morir un arte que dignificó desde que solo contaba con 10 años de edad.

Antes de la Guerra Civil, Tioira (Maceda) albergaba a más de treina artesanos que, con sus manos, daban forma a jarras, ollas, paragüeros y otros utensilios. Hoy en día no queda ninguno en activo. La posguerra y la emigración -a la que pocos pudieron esquivar- hicieron lo que el desamor con los enamorados. Ahora son otras manos, otros ojos, los que intentarán que la alfarería perviva. Otras manos y otros ojos, pero la misma intención: derramar a chorros la curiosidad y el interés por el oficio.

A sus 61 años José Manuel pretende abrir una ventana a la que todo el mundo que quiera asomarse pueda observar y moldear con sus propias manos piezas de todo tipo sin importar su edad. «Queremos que funcione como una organización sin ánimo de lucro», comenta con la solemnidad de quien tiene las ideas claras. Eso sí, mantiene la humildad en todo momento, repitiendo en varias ocasiones que él no es su padre y que no sabe hacerlo tan bien, aunque lo desborden las ganas. «Mi padre siguió trabajando hasta que falleció, hace 30 años», cuenta. Y de repente se oye la voz de Guillermina, viuda de Manolo, para rectificar con tono apacible a su hijo: «en mayo hace 29 años». Se ubica en el tiempo, para responder a las preguntas, según los años de nacimiento de sus nueve hijos y sus nietos. «Ya me murieron dos desde que falta su padre», lamenta con la mirada evitando las lágrimas como si así pudiera evitar las heridas. «Tenemos en casa mucha alegría, pero también hemos tenido muchas penas. La vida es así».

«Cuando él murió quedó todo abandonado, incluso piezas que están sin cocer y mucha gente que venía preguntando por curiosidad nos decía que cómo no teníamos piezas suyas, entonces decidí ponerlo todo aquí». El espacio al que se refiere José Manuel con el adverbio «aquí» es el que antes servía de cuadra de la vivienda familiar, ahora lleno de objetos creados por padre e hijo, y en el que exhiben con orgullo recortes de periódico en los que se puede leer que recibió premios por su labor. «Él dominaba muy bien el barro y cualquier pieza que le pidieran la hacía y cualquier pieza que le enseñaran era capaz de hacerla enseguida y sin problema ninguno».

Económicamente, la alfarería supuso durante muchos años que no faltase de comer en las mesas de Tioira. «De aquellas había poco dinero y se hacía trueque», recuerda Guillermina haciendo referencia a la época de la posguerra, en la que los objetos de barro se intercambiaban en ocasiones por alimentos como pan o castañas.

Jesús, hermano de José Manuel, se resta importancia explicando que él es «el que amasa el barro» y que lo de moldear se lo deja a otros. «El barro se traía de un monte de aquí al lado. Se ponía al sol, se mazaba, se cribaba y el polvo que quedaba es el que se amasaba porque el barro no puede tener arena, si no se rompe al darle forma», relata Jesús. Ahora el proceso está un poco más tecnificado, pero requiere el mismo cuidado.

Mujer e hijos inaugurarán el viernes -a las cinco de la tarde- el último reducto de la alfarería en O Batán, a la entrada de Tioira. La verdad desnuda de mentiras para que ni el oficio ni la memoria de Manuel Carrera queden relegadas al camposanto del olvido. Un hombre que ya en los sesenta sentía que la alfarería agonizaba e hizo todo lo posible por evitarlo. Un maqui indispensable que llegó a Francia sin documentación y terminó colaborando con Picasso tras ganar un concurso de cerámica en la Costa Azul. Siempre sintió vergüenza por no haber reconocido al malagueño cuando se acercó a felicitarlo. Tanta vergüenza que lloró. Es lo que tiene la humildad.

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