«Ves la miseria por la tele, pero no te imaginas lo dura que es esa realidad»

A sus 22 años trabajó con mujeres indigentes en la India y con huérfanos en Sri Lanka


ourense / la voz

Isabel Rodríguez estudia ocho horas al día y sabe que debe mantener ese ritmo durante los próximos tres años para lograr su objetivo: quiere ser fiscal. No siempre fue así. «De pequeña quería ser médico, como mi padre», confiesa. Sin embargo las circunstancias marcaron que finalmente se inclinase por el campo de actuación de su madre. «No entré en Medicina y cuando pude hacerlo, en noviembre, ya llevaba dos meses estudiando derecho y me gustaba tanto que decidí no cambiar». Hoy cree que fue una decisión acertada. «Creo que soy quizá más aprensiva de lo recomendable para el campo sanitario», apunta. Sin embargo esa aseveración no encaja con otra de sus vocaciones: el trabajo voluntario con colectivos desfavorecidos que le ha llevado a aprovechar sus vacaciones para colaborar en proyectos en la India y en Sri Lanka.

-¿Cuándo comenzó a desarrollar esa faceta solidaria?

-En realidad es algo que ya había comenzando aquí, mientras estaba en el colegio. En los maristas había una asociación y ayudábamos como voluntarios en algunas cosas, como en clases de refuerzo escolar a niños más pequeños y en el último curso trabajábamos ya de modo más global con las familias. Como me gusta viajar, lo del voluntariado internacional siempre me había llamado.

-¿Cuál fue la primera experiencia?

-Nos juntamos cuatro amigos y decidimos ir a la India. Primero visitamos la Fundación Vicente Ferrer, en el sur. Estuvimos una semana conociendo como funcionan, que es realmente impresionante. Pero allí solo te cogen si ya eres graduado y tienes experiencia en la faceta que ellos necesitan en cada caso, porque esta entidad se centra en formar a personas nativas para que en cada sitio que están con un proyecto, una vez que ellos se van a otro lugar, puedan continuar las personas formadas allí desarrollando esa labor. Nosotros éramos muy jóvenes y estábamos todavía estudiando. Así que nos marchamos a Calcuta y nos ofrecimos en la organización de la Madre Teresa. Nos asignaron a un centro en el que había mujeres que habían sido abandonadas por sus maridos o sus familias y quedan en la calle, con lo que se convierten en intocables. Nadie las ayuda, enferman, las maltratan, les tiran ácido a la cara...

-Parece muy duro para gente de apenas 20 años y primeriza

-Sí que lo fue. Esas mujeres llegan, o las recogen, sin casi poder valerse por si mismas, con muchos problemas, algunas incluso con patologías psicológicas. Lo que nosotros hacíamos era llegar por las mañanas y, después de que te dieran unos consejos, incluso sanitarios porque las condiciones allí son complicadas, íbamos al pabellón donde ellas están, vaciábamos la sala donde dormían, la limpiábamos, cambiábamos las camas y lo volvíamos a colocar todo en su sitio. A media mañana salíamos al patio y allí les dábamos la comida y luego les hacíamos compañía mientras les aplicábamos cremas o las peinábamos. Es increíble cómo estas mujeres a las que se les había negado todo, que incluso habían perdido el contacto con sus hijos, sentían esos pequeños gestos. La mayoría no hablaba inglés pero te hacían entender su agradecimiento.

-¿Qué le impresionó más?

-En general la pobreza extrema. Te la encuentras por todas partes. Incluso en las zonas más urbanitas ves niños viviendo y durmiendo entre la basura. Ves la miseria por la tele pero nunca te imaginas lo dura que es esa realidad. Pero casi me impresionó más lo poco que vale allí una mujer y la fuerza que tiene aún una cultura de clases que, para mí, es la mayor barrera que tiene ese país para el desarrollo social. Cuando te enfrentas a eso cara a cara piensas que ojalá pudiéramos hacer algo de verdad para cambiar la situación.

-¿Se replanteó su voluntad de ser cooperante?

-No. De hecho este verano nos fuimos a Sri Lanka mi hermano Jose, que acababa de cumplir 18 años, y yo para colaborar con dos proyectos dando clases a través de la Fundación Pandora. Estuvimos en un colegio y también en un monasterio budista donde acogen a niños a los que, o bien sus padres no pueden mantener o bien se quedan huérfanos y abandonados en la calle. Los monjes hacen una labor social importantísima con ellos pero también es cierto que estos niños no conocerán nunca otra cosa que la vida y la disciplina del monasterio.

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