La máquina municipal


Cuando yo tenía trece años y sacaba buenas notas el mérito era mío. Cuando las sacaba malas la culpa era del profesor. Me tenía manía. Así más o menos ve la vida -y las encuestas- el líder de Democracia Ourensana. Está claro que la demoscopia no es infalible pero un sondeo profesional tiene más sustento que el que Jácome nos quiere colar por bueno. «¡Carallo, pues sí que es coincidencia que el 100 % de los votantes de DO que nos encontramos por la calle digan otra cosa», reaccionaba a la encuesta de Sondaxe.

No es nada nuevo. El líder del principal partido de la oposición respira en función de lo que dicen de él. Profundamente si son cosas buenas. Hiperventilando si son malas. Haciendo política de superficie. Pero lo cierto es que, un año después de que se celebraran las elecciones municipales y con diez meses para hacer balance, la política que debe preocuparnos a los ourensanos es la que hace el gobierno. El alcalde, Jesús Vázquez, parece haber ganado la batalla del efecto y del afecto. Pero ese bono está a punto de caducar. Si la ciudad no podía permitirse la parálisis del anterior mandato también es cierto que se le acaba el oxígenos en temas fundamentales como los presupuestos o el urbanismo. La justificación de la herencia puede empezar a sonar a excusa a partir de ya. Y un gobierno no puede convencer solo por sensaciones y buenas maneras. Paralizado en algunas cuestiones por el lento giro del engranaje municipal, a Jesús Vázquez hay que exigirle que saque ya el 3 en 1 porque el chirrido de la máquina ya se empieza a escuchar demasiado alto.

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