Maside descubre el espíritu rupestre con un plan de inmersión didáctica

El colegio dedica una semana a talleres de arte y metalurgia prehistóricos


ourense / la voz

Una calavera de oveja, la piel de un conejo, trozos de sílex y de cerámica, una vasija-horno, cestas de olivo y de castaño... Todo se dispone en un logrado atrezo que ha convertido un aula del colegio Terras de Maside en una cueva prehistórica, con chamán incluido.

Hugo Ábalos, el arqueólogo-chamán, camina descalzo y recibe a los alumnos, de 3 a 16 años, puliendo una piedra de sílex con un hueso de ciervo. Es el gancho para una actividad que tiene revolucionado el colegio. Durante cinco días, los estudiantes tienen ocasión de convertirse en pintores rupestres y en técnicos de metalurgia, confeccionando con sus propias manos, según la tecnología prehistórica, hachas y punzones de cobre que ellos mismos han fundido. Todo extremadamente atractivo para los más pequeños, que se afanan en hacer nuevos dibujos, en pintarse la cara y en lanzar preguntas, como piedras sin pulir, a los monitores.

Antes y después de su mágica conversión en pintores y metalúrgicos, los estudiantes han escuchado las explicaciones de los arqueólogos, han visto vídeos y han puesto en común las experiencias y emociones sentidas. Han actuado, en realidad, como arqueólogos.

Y es que el objetivo de estos talleres didácticos del grupo «De la roca al metal» no es pintar o construir un hacha. «No se busca el resultado final, sino el proceso -explica Hugo Ábalos-; esto no es artesanía del cobre, es arqueología. En nuestro país la investigación está demasiado metida en la Universidad y conecta poco con la sociedad. Ante ese problema, nosotros sentimos la responsabilidad de mostrar, no solo los resultados, sino todo el proceso de investigación. Somos un grupo totalmente independiente, para nosotros es una actitud de vida y una actitud política».

El proceso de investigación lo muestran con un atractivo programa didáctico que les proporciona dinero para financiar sus campañas arqueológicas.

Y es que, aclaran, no son una empresa de divulgación cultural sino un grupo arqueológico de investigación con campañas en Aragón y Andalucía.

Diversión e investigación

Ese espíritu quieren transmitirlo a los alumnos, por eso les presentan réplicas, muy reales, de materiales de la Prehistoria. Para los chicos es todo un viaje. Nerea Rodríguez, alumna de 6º, está emocionada con la experiencia. Tenía vocación de arqueóloga, pero esta visita la ha multiplicado: «É moi divertido, a min encantoume; preferiría seguir que ir ao recreo. Na cova un grupo decora as paredes e os demais teñen que interpetalo. É divertido».

A los monitores les interesa la percepción sensorial, «más allá de la virtualidad en que se muestra la ciencia; que puedan tocar, oler, hacer cosas y que eso les haga percibir qué es la arqueología, complementando lo que aprenden en la escuela. Queremos -detalla Ábalos- llevar la arqueología a la escuela de un modo lo más científico posible; que los niños hagan las mismas reflexiones que hace el arqueólogo porque ellos forman parte de la investigación».

Con ese objetivo, trabajan ya en sistematizar una teoría de la pedagogía arqueológica.

Rompiendo mitos: cavernícolas sí, pero no ignorantes

En la puesta en común tras el taller de arte rupestre los alumnos participan con la viveza de quien se ha sentido protagonista. Y lo hacen, además, rompiendo estereotipos sobre la Prehistoria.

«Los niños tienen la idea de un cavernícola sin conocimiento, un salvaje con la garrota al hombro, muy alejado y separado del mundo actual -apunta Ábalos-. Con nuestros talleres tratamos de demostrarles lo contrario, que había mucho conocimiento, mucho más que ahora, por ejemplo, en algunos temas, como el trabajo con materiales de la Naturaleza. Cuando le explicas a un niño la complejidad de una fundición de metal estás mostrando la cantidad de inteligencia que tenía esa gente y haces que no subestimen la arqueología y el pasado».

Tecnología de fundición

El taller de fundición, con el fuego en pequeños hornos abiertos de barro y las toberas a modo de fuelle, es algo mágico para los alumnos. Sacar el cobre de las piedras y convertirlo en un hacha, réplica de piezas auténticas, es un chute de historia y arqueología difícil de superar por una explicación en clase o por las páginas de varios libros. Ver, tocar y hacer es la mejor lección, dicen los arqueólogos.

«A partir de la comprensión de esta cadena tecnológica pueden obtener información social y romper mitos, por eso nosotros trabajamos desde la perspectiva de la tecnología -insiste Hugo Ábalos-. Queremos incentivar la sensibilidad con el patrimonio arqueológico en cada zona donde hacemos los cursos y crear conciencia de dónde venimos».

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