La sociedad fomenta la prolongación de la adolescencia según los expertos

El niño ya no aspira a ser adulto porque este ha dejado de ser referencia

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ourense / la voz

La adolescencia es un momento de la vida marcado por los cambios, tanto los físicos y los relacionados con el desarrollo sexual, como a nivel cognitivo y de maduración en un cerebro que sigue formándose. El niño empieza a formar su personalidad y a generar su propio espacio. Una realidad tan antigua como el ser humano a la que, sin embargo, en los últimos tiempos se le presta una atención especial tanto por algunos hábitos de diversión como por la llegada de nuevos canales de comunicación que se escapan al control de los adultos. Pero ¿son los adolescentes de hoy más difíciles de educar que los de generaciones anteriores? ¿Hay diferencias entre un adolescente ourensano y otro de Madrid?

Ricardo Fandiño, psicólogo clínico, Fátima González, educadora social, Mónica Banga, madre y presidenta de un ANPA y Raquel Fernández, trabajadora social, coinciden en el análisis de que la adolescencia ha cambiado porque la propia sociedad ha cambiado, pero que la globalización alcanza también a este colectivo en el que las tendencias y los hábitos ya no son diferentes por vivir en la Galicia rural o en la urbe más grande del país. Fátima González apunta a factores como «la presión social, la crisis o las nuevas tecnologías» como elementos que influyen en el individuo planteando retos que antes no tenía que afrontar.

«La adolescencia ha pasado de ser una etapa de tránsito, que es lo que la define, a un estado a prolongar en el tiempo porque lo que tiene que ver con la adolescencia está muy valorado socialmente», opina Fandiño. Y añade: «El adolescente se ha convertido en un grupo de referencia, en detrimento del adulto. La esencia de la adolescencia es intentar ser adulto; el adolescente debe querer emular a un adulto, pero ahora ya no es así; no tienen claro que quieren serlo porque ya no somos un referente a alcanzar».

Una realidad que confirma Raquel Fernández en su trabajo diario con menores. «Encuentro muchas dificultades a la hora de que ellos vean el largo plazo y se sitúen en el futuro. Si les preguntas lo que quieren ser, a qué se quieren dedicar, no saben contestar. Se ven siempre igual. Interpretan esta etapa como infinita», dice.

Para Mónica Banga el problema está en que «lo que nosotros vivimos con 14 y 15 años, a los adolescentes de hoy se les hace vivir ya con 11 y con 12, y no están preparados. Hay una presión muy grande por el grupo y se les discrimina por ejemplo, si no tienen móvil. Creo que se les están dando demasiadas cosas que no corresponden a su edad, quizá porque es más fácil darle un móvil que sentarte a hablar con tu hijo». Otra de las facetas que afecta es la minusvaloración social de la paternidad y la maternidad. «A veces parece que está mal visto que renuncies a salir y a hacer tu vida social de antes porque ahora tienes hijos, es como si te tuvieras que disculpar por ejercer esa responsabilidad», opina Fandiño.

Para Fátima González también influye que «las familias, a pesar de la crisis, se desviven por darle todo a sus hijos en lo material y, sin embargo, queda en un segundo plano lo afectivo». «Eso lo descuidan quizá impulsados por el ritmo de vida porque sigue siendo difícil conciliar, aunque a veces no es cuestión de cantidad, sino de calidad del tiempo», matiza la Raquel Fernández.

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