Ella lleva días internada en la sexta planta de la Residencia de Ourense. Unos pequeños problemas le obligan pasar por quirófano y abandonar por primera vez a sus casi 80 años su casa en una aldea de la comarca de Verín. La villa del Támega era por ahora lo más grande que conocía en concentración urbana y humana. Al pasear por el pasillo y acompañada de un familiar, se detiene en una de las ventanas panorámicas y queda impresionada con la visión desde la sexta planta: ¡Qué grande es Ourense! ¡Cuántas casas tiene!
Y así quedó mirando más de media hora sobre los tejados de la ciudad, viendo pequeñas hormigas de dos piernas caminando de un lado a otro, coches circulando, un helicóptero aterrizando en el complejo hospitalario...
Ella a su edad disfruta con una nueva sensación: ver desde la perspectiva del pájaro el pulso de la vida urbana ourensana. ¿Cómo serían las sensaciones de esta mujer si la trasladasen a Madrid, París o Nueva York? No lo sabremos, pero seguro estaría muy impactada de las prisas, del carácter humano, de las miserias cotidianas, de la contaminación y otras modernidades y estaría convencida que en su aldea, a la orilla del Támega, se está mejor que en ningún otro lugar del mundo.