Desde la perspectiva (quizás también desde la ligereza) que me da no ser ni profesora ni madre, tengo la sensación de que algo estamos haciendo mal. Me preocupa el creciente número de niños maleducados por metro cuadrado: en la calle, en el súper, en las terrazas... Están por todas partes y suelen tener a su alrededor adultos que les ríen gracias que no hacen ninguna gracia. No me creo que sean las sucesivas reformas educativas, los cambios de criterio político, la cantidad de asignaturas que se imparten en gallego o la elección de los manuales de Educación para la Ciudadanía las causas de esta consecuencia. Que el plan de un sábado noche de verano de cinco jóvenes ourensanos (tres de ellos menores) fuera robar un coche, quemar su colegio, destrozar los vestuarios de la piscina y, de propina, provocar un incendio forestal no es algo que se gestara en los pupitres.
La educación y el respeto a mí me los enseñaron desde pequeñita. Sabías hasta donde podías llegar y el único delito que cometías era tomarle el pelo a tus hermanos o negar con cabezonería una obviedad: «No, te juro que yo no rompí esa figura del salón». Cierto que luego vendrían los hurtos -robándole minutos al toque de queda- y los falsos testimonios -pidiendo permiso para dormir en casa de una amiga-.
Así que hay que señalar con el dedo, porque ni eso nos van a corregir. La culpa de lo que pasa es de los padres que se creen más listos que nadie y quieren que sus hijos lo sean también; es de los padres que quieren darle todo a sus niños pero que les dejan sin algo necesario, un poquito de vergüenza; los padres que consistieron porque desistieron; y los que lo hicieron convencidos.
Por eso este artículo es para los niños -los otros, los maleducados, son pequeños emperadores- y para los padres que no se rinden. Conozco a unos cuantos, de los unos y de los otros. Qué alivio.