«Me emociona que me digan: 'doctor, gracias a sus manos aún estoy vivo'»

Ha dejado en parte el bisturí y ha cogido los palos de golf. La medicina aún es su pasión y el deporte, su terapia


José Bernárdez Álvarez (Gomesende, 1936) colgó el bisturí en el año 2005. Aún echa de menos el hospital. En pleno debate sobre la edad de jubilación, él no duda en calificar la suya como «un hecho muy traumático», sencillamente «porque nunca tuve ganas». Este cirujano, profesional reconocido y acreditado, de infinita paciencia y meticulosidad en su trabajo, «para desesperación de muchos de los que han trabajado conmigo», aún no ha olvidado el día en el que quedaba a sus espaldas el edificio del CHOU.

«Entristece pensar que estás en el último día de trabajo, que sales del hospital y que ya no eres médico, que ya no tienes competencia para ver a los enfermos que operaste el día anterior», recuerda. Por eso, «aunque sea difícil legislarlo, la jubilación debería ser adaptable». Entiende que los que desean dejar atrás su faceta profesional «es porque no han disfrutado de su actividad, pero no es mi caso».

Pero tampoco la vida de José Bernárdez se ha deshilachado por causa del abandono de su oficio. Ahí le tienen, en su rincón. Desde hace quince años es presidente de Montealegre Club de Golf, «aunque quiero dejarlo ya». Con 74 años tiene aspecto saludable, porque se cuida. De siempre ha sido muy activo «y subía desde Ourense al club andando, jugaba al golf y después bajaba otra vez caminando», dice. Pero también da sus paseos por Outariz «y en verano voy desde Playa América a Bayona y vuelvo, que son unos doce kilómetros». En una sociedad afectada por el sedentarismo, Bernárdez apuesta por lo contrario, sobre todo en una ciudad «que tiene el privilegio de unos paseos maravillosos en el Miño».

Orígenes

Toda su vida amó el deporte. Jugó al tenis en el Club Santo Domingo, entidad que ayudó a fundar. Sus orígenes vitales están en Gomesende y allí estudió hasta el bachiller. Su padre, don Senén, era el maestro, por lo tanto su maestro. Aún hoy se le cristaliza la mirada cuando habla de «la persona que más respeto y admiro en el mundo» o cuando recuerda el papel materno, «que intermediaba entre nosotros cuando mi padre se ponía severo».

Decide inclinarse por el camino de la Medicina «en una época en la que estudiabas eso o Farmacia, Derecho o Filosofía y Letras». No tiene claro que llegara por vocación, «pero sí que muy pronto me llenó totalmente». Periplo por varios lugares (Barcelona, Francia, Inglaterra...) y recala en la antigua residencia sanitaria en 1974.

Su campo ha sido el de la cirugía, una disciplina que requiere, además de conocimientos, «ser habilidoso, tener cierta destreza». Valga el símil un tanto hilarante: «Soy bastante hábil porque en mi casa lo mismo arreglo un grifo que un problema eléctrico». En el quirófano también ha reconstruido vidas muchas veces desahuciadas.

Gratitud

Recuerda haber pasado «hasta diez horas seguidas en el quirófano», de ahí que su preparación física haya sido vital para vencer el cansancio psicológico. Por sus manos ha pasado de todo, hasta una intervención de película gore , «cuando operé a una persona que tenía una puñalada y cuando le abrí, saltó un chorro de sangre tremendo».

Pero mejor detenerse en otras facetas menos amarillas. Perviven con intensidad en su memoria actuaciones felices, que le provocan aún estímulos gozosos y reconoce que «lo que más emociona es que me digan: doctor, gracias a sus manos, aún estoy vivo». Y se le nota que le emociona porque la mirada se vuelve acuosa.

El debate sanitario es permanente y muchas veces se convierte en arma arrojadiza, casi siempre por motivaciones políticas. Estos días se está hablando de nuevo de listas de espera, de números, de estadísticas, pero José Bernárdez las relativiza. Sostiene que «son necesarias para mejorar el sistema sanitario, pero cuando estás con un enfermo eso importa poco, ni a él ni al médico».

Es un defensor de las bondades de la medicina a la que por suerte todos tenemos derecho, y de la profesionalización. «En Ourense tenemos una medicina fantástica y la cirugía tiene un nivel elevadísimo», dice. Recomienda cierta perspectiva, ver las cosas desde fuera, con distancia, «porque cuando estás dentro solo le ves los defectos, pero hay que recordar que el paciente tiene todos los medios a su alcance, nadie se muere por desatención».

El ciudadano, consciente de sus derechos, se ha vuelto cada vez más intransigente, que no es lo mismo que exigente. Bernárdez tercia con cierta diplomacia: «de la exigencia solo viene la mejora».

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