«Antes, en política, se discutían y se consensuaban los temas, y ahora votan como borregos »

La ex concejala y ex parlamentaria del PSOE mira con cierto desdén la función que desempeñó y a la que no echa de menos


«¿Sabes lo que te digo? No cambio mi infancia y mi adolescencia por la que tienen los chicos de hoy. Íbamos de pueblo en pueblo toda la pandilla, a todas las fiestas, y nos lo pasábamos genial». Tal vez los muchachos de hoy van también de fiesta en fiesta o de botellón en botellón; o de bar en bar; o de pub en pub y se lo pasan bien, al menos a su modo. «Claro, pero no es lo mismo». Claro que no. María Antonia Álvarez Yáñez, asturiana ella pero ourensana de adopción -«qué remedio, ¡me casé con un gallego!»- es funcionaria del Concello de Ourense, pero también conoció la institución desde los bancos de la representación ciudadana como concejala socialista (1995-1999) y al mismo partido y a esta provincia representó en el Parlamento de Galicia (1989).

María Antonia nació hace 60 años en la localidad asturiana de Tapia de Casariego. Estudia en internados de Oviedo y va a cursar Económicas a Bilbao «y allí ya supe lo que era correr delante de los grises porque me pilló el mayo del 68». Su carácter «revolucionario» le viene en los genes, «como buena asturiana» y como tal votó al PCE de Santiago Carrillo en 1977 porque socialista, lo que se dice socialista de carné, no será hasta 1985.

En casa de su familia, en la predemocracia, ya se escuchaba la legendaria emisora La Pirenaica o incluso la BBC, que suponían una ventana abierta por la que entraba la brisa que oxigenaba el irrespirable aire de la dictadura de Franco.

De su época de universitaria en el País Vasco tiene fresca en su memoria las desventuras del conocido comisario de Irún, Melitón Manzanas como los movimientos de una ETA que no es la de hoy, «porque está claro que degeneró hacia la barbarie».

Llega a Ourense en 1972 y la ciudad ya le enganchó, como pronto le picaría el gusanillo de la política «y eso que yo decía que jamás militaría en un partido porque perdía mi independencia». Sus amigos la afiliaron en 1985 al PSOE y cuatro años más tarde ya era diputada gallega precisamente cuando el socialista González Laxe hacía las maletas para ceder el sillón del pazo de Raxoi a Fraga.

Interés

Se tomó su trabajo en serio, estudió «muchos asuntos y documentos porque no sabía nada de la mayoría de los temas», pero se dio cuenta pronto que «los parlamentos están desconectados del pueblo porque recuerdo debates de Fraga hablando de autoidentificación de Galicia y eso en la calle no le interesaba a nadie».

También le sirvió para percibir que «se aprueban resoluciones que luego no se cumplen» y cuando deja la Cámara, allá por el 2001, se siente «liberada» y decide volver a su trabajo como funcionaria municipal.

Eso le lleva a reflexionar sobre uno de los grandes debates actuales. ¿Deben los partidos nutrirse de personas que no tienen más oficio que la política? María Antonia lo tiene muy claro: «En la política estás bien pagado, tienes prebendas que no tienen otros pero no debes ir si no tienes un trabajo anterior porque generas supervivientes».

Concello

Añora las épocas en las que las personas primaban por encima de los partidos, donde el espíritu de consenso primaba sobre la estrategia partidaria de cada momento. Para entendernos, que antes «se discutía, pero también se consensuaba porque ahora votan como borregos».

La institución en la que trabaja y en la que fue concejala está gobernada por el PSOE, con un alcalde socialista -«Paco es de los míos», dice ella sin pensar- y con unos socios duros de pelar, el BNG. La fórmula de alcaldía y tenencia de alcaldía, de áreas blindadas, de compartimentos estancos, incluso de enfrentamiento, a ella le chirría: «Me gustaría una coalición de gobierno, no este sistema, porque gobernar a veces es como un matrimonio, tienes que ceder en favor de la convivencia».

Espera que el camino que han emprendido hace un año socialistas y nacionalistas sea fructífero «por el bien de la ciudad» y por el bien de la propia institución, que es una empresa en la que trabaja un millar de personas, María Antonia entre ellas. La política de personal, siempre arma arrojadiza entre gobierno y oposición, y goloso caramelo que todos quieren paladear desde las poltronas, alimenta teorías de favoritismo por desgracia insuficientemente desmentidas.

«Claro que hay recomendaciones y favoritismo para entrar en el Ayuntamiento, como lo hay en la Diputación, por eso yo defiendo que las oposiciones sean libres de verdad, como cuando yo las gané, con todas las garantías para todos porque el trabajo es sagrado».

Y es que, una vez el trabajador franquea la puerta del Concello se acaba convirtiendo en un privilegiado «porque es para toda la vida, tienes las tardes libres, vacaciones, días por asuntos propios, etc». Sin embargo, ella también sabe de las dificultades del empleo, «porque tengo cuatro hijos y andan por Barcelona, Madrid o en el paro». Incluso una de ellas, enfermera, «ahora está en Madrid, pero antes tuvo que pasar por Lisboa, Tenerife y Asturias». ¿A qué suena esta cantinela tan ourensana?

«Por eso me indigna cuando escucho a los políticos hablar de planes de desarrollo para la provincia». María Antonia díxit .

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