Las empleadas de Ixitlan acuden al taller, pese a que la empresa les ha anunciado el cese de producción


ourense | De un taller situado en la calle Carriarico salieron, durante los últimos años, prendas de fiesta con la etiqueta o el logotipo bordado de Carolina Herrera bien colocados. Mal podían imaginar las doce empleadas de Ixitlan que trabajar para una firma de primera línea, de las que cotizan en el segmento alto del mercado, no les iba a servir ni a medio ni a largo plazo. Nada. Ahora mismo, después de unos meses de titubeos y tras constatar que la nómina de julio no llegó a la cuenta corriente, han decidido exteriorizar su malestar en el que ha sido su centro de trabajo, en algunos casos hasrta once años, convertido ahora en simple punto de encuentro.

A las trabajadoras de Ixitlan les dicen que no hay trabajo; que desde Lonia Textil, la firma que se había convertido en su sostén durante los últimos años al haber centrado su producción en las marcas Purificación García y Carolina Herrera, no van a hacer más pedidos: no hay más futuro, por ello, que el cierre o el paro, según desde donde se mire.

Juzgado, paro y deuda

Las empleadas de Ixitlan, una sociedad limitada de carácter familiar, empezaron a sospechar de su futuro cuando hace más de un año les propusieron desde la empresa los primeros recortes. Dirimieron as diferencias en los juzgados de lo social y las consiguientes sentencias obligaron a la readmisión de quienes parecían condenadas a engrosar las listas del paro, incluyendo alguna empleada entonces embarazada. El segundo empujón ha llegado ahora. No han cobrado la nómina de julio y les han vuelto a reiterar que no hay trabajo. Ellas, sin embargo, se resisten. Se aferran, según explican, a la vinculación que con su empresa tiene uno de los responsables de producción de Lonia Textil, que es la firma que les daba trabajo. Si él quiere, hay trabajo, razonan ellas. (Aunque, visto de otro modo, si quien en la empresa poderosa ve imposible encargar trabajo al taller que rige su propia esposa, es que el asunto anda realmente mal).

Han cerrado la semana cumpliendo su jornada laboral, aunque sin trabajar. El martes, cuando mataban el tiempo viendo una película en un reproductor de DVD, la jefa les pidió que desconectaran el equipo de la red eléctrica. Para no gastar. Decidieron, entonces, salir a la calle. Y ahí están, entreteniendo el tiempo entre hamacas, refrescos, agua y aparatos de radio: a pilas. De ocho a 16,05 horas, que suman cinco minutos a la jornada para compensar la prolongación de los quince minutos de los que, por convenio, disponen para el bocadillo: para comer, vamos.

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