Tener 90 años da una libertad envidiable para decir lo que a una le venga en gana y como María Galiana no se corta en decir lo que piensa a los 91 tampoco hay que cortarse con ella por el hecho de que sume años. Resulta sorprendente, desde luego, que esté tan arrepentida de haber sido Herminia, un papel que durante más de dos décadas la convirtió en una actriz queridísima, respetadísima que, además, le permitió pagar muy bien las facturas. María Galiana ha cargado contra Cuéntame confesando sin rubor que jamás vio la serie que interpretó (porque más allá de las 22.30 no está disponible) reduciendo a Herminia a una abuelita entrañable que le impidió progresar como actriz. No parece especialmente elegante alardear de no haber visto jamás el producto en el que trabajabas, sobre todo por el desdén hacia el espectador. La sinceridad es una virtud apreciable, sin duda, pero el límite entre la honestidad y la ingratitud profesional es muy fino. Romper el mito está bien, pero pretender pasar por víctima de un encasillamiento no parece justo a estas alturas de la película. La trayectoria de Galiana es indiscutible, pero el respeto no se exige a base de desmerecer el trabajo propio y el ajeno una vez cobrado el cheque. A la pobre Herminia hubiera sido muy fácil matarla sin que Galiana la asesinara a trozos.