El monte quemado también inunda: la prevención que hace falta

Javier Montalvo PROFESOR DE ECOLOGÍA DE LA UNIVERSIDADE DE VIGO

OPINIÓN

María Pedreda

Ni el colapso de un glaciar ni una dana son necesarios para sufrir una riada. En Galicia, como en otros territorios afectados por incendios, el riesgo aparece tras apagarse las llamas. El suelo queda sin cubierta vegetal, disminuye su capacidad de infiltrar el agua y aumenta la escorrentía y la erosión. Es lo que pasó en Bouza y Pixeiros, en Viana do Bolo, el 17 de junio pasado. La combinación de escorrentía torrencial y unos tubos de drenaje de capacidad insuficiente causaron graves daños. La riada postincendio en la cuenca del regueiro da Canela, con peligrosos arrastres de piedras, anegó viviendas y cortó carreteras; arrancó más de cuatro kilómetros de bosque de ribera y vallados de piedra protegidos. Degradó 20 hectáreas de paisaje tradicional y sepultó prados en O Castro e inundó Pradocabalos.

Las recientes crecidas de aguas turbias en Viana y los violentos torrentes reaparecidos en Paradapiñol (Quiroga) obligan a preguntarse: ¿por qué se invierte donde resulta más fácil actuar y no necesariamente donde existe mayor riesgo?

Una auditoría técnica de las actuaciones de restauración en Viana, promovidas por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y ejecutadas bajo control de la Xunta, muestra esa contradicción. Restaurar un monte quemado no consiste en hacer obras por hacerlas, sino en actuar donde puedan reducirse los riesgos y los daños.

Conocer los efectos del incendio sobre el territorio es necesario, pero no basta. Hay que localizar las zonas que más escorrentía y sedimentos pueden aportar y los terrenos más expuestos aguas abajo. De lo contrario, se puede invertir mucho y acertar poco.

Una excavadora no reduce por sí sola el riesgo. Tampoco un proyecto. Lo reduce una actuación eficaz, en el lugar adecuado y a tiempo. El problema comienza cuando las actuaciones llamadas de restauración se conciben desde el despacho, sin conocer las necesidades del territorio ni escuchar a quienes viven en él, y los recursos se distribuyen sin una valoración técnica rigurosa.

Retirar madera o mejorar pistas puede ser necesario, pero no debe desplazar lo esencial: reducir las escorrentías torrenciales, controlar la erosión y evitar daños aguas abajo. Las riadas, sus daños y sus causas deben tenerse en cuenta al revisar los proyectos. Sin embargo, en Viana fueron ignorados tanto en el proyecto inicial como en su posterior modificación.

Tampoco tiene sentido que las prioridades vengan determinadas por quién gestiona el monte. Un monte no debería recibir una actuación antes que otro por ser más sencillo administrativamente, si existe una aldea vulnerable aguas abajo. El riesgo no entiende de titularidades.

Los incendios del 2025 dejaron en Ourense una enorme superficie que necesita restauración, pero los recursos no permiten actuar en todo el territorio. Por eso, priorizar bien las inversiones es decisivo: cada euro debe dirigirse donde pueda reducir más riesgos y daños.

La restauración postincendio necesita criterios técnicos basados en los riesgos reales y escuchar a quienes viven y trabajan en el medio rural. Debe recuperar la cubierta vegetal y prevenir la erosión y las escorrentías.

Viana debería servir para aprender antes de que vuelva a ocurrir aquí o en otros montes gallegos. La prevención no consiste en contar que se ha actuado, sino en actuar bien: donde más falta hace y a tiempo.

Se puede hacer mucho y prevenir poco. La diferencia está en saber dónde, cómo y cuándo actuar.