Si tenemos en cuenta que la tierra, que nuestro planeta, es finito, y que cualquiera de sus subsistemas físicos también lo son, la conclusión a la que se llega es obvia: el desarrollo económico y el desarrollo sostenible, aparentemente, son incompatibles; o lo que es lo mismo, el crecimiento económico continuo tal vez se podría reconocer que es físicamente imposible. Por lo tanto, mientras continuemos con un modelo económico basado en las premisas del continuo e ilimitado crecimiento, lamentablemente seguiremos ponderando, valorando y asumiendo sus externalidades.
En el acuerdo de la cumbre del clima de París de diciembre del 2015 (COP21) se consensuó un marco de transparencia, en virtud del cual los países informan de manera clara y diáfana sobre las medidas adoptadas y sobre los progresos materializados y encaminados a mitigar el cambio climático. Más que un simple pacto, se quiso considerar este acuerdo como un marco legal o una guía de acción para reducir emisiones, siendo acogido finalmente por casi 200 países. Por cierto, dos de los que se han desentendido de él son los Estados Unidos e Irán, pese a encontrarse entre los que generan mayores emisiones de gases de efecto invernadero, dada su dependencia y consumo de gas y petróleo.
Desde mi punto de vista, deberíamos reflexionar y recapacitar sobre los límites del crecimiento y los índices de bienestar económico sostenible, y para ello estimo muy oportunas e interesantes las aportaciones realizadas a la ciencia económica por Nicolas Georgescu-Roegen, un profesor que ha dado un enfoque nuevo y revolucionario a aquella. Según su teoría, la actividad económica es una extensión de la evolución biológica del hombre. A Georgescu se le considera el padre de la bioeconomía, además de haber sido muy crítico con algunos de sus colegas y profesores de economía debido a que, en su opinión, simplificaban demasiado la realidad y la falseaban para adecuarla a las ecuaciones. Por el contrario otros, como el premio Nobel Paul Samuelson, no han escatimado elogios a la hora de juzgar la obra de este ilustre economista.
Las conclusiones más importantes de la teoría de Georgescu-Roegen se sustentan en que el crecimiento económico no es la solución a los problemas económicos, sino que es la principal causa del problema ambiental. Según el profesor, es imposible un crecimiento exponencial indefinido en un medio ambiente que es finito. Para él, el factor limitante, no es la finita energía, sino más bien los recursos naturales de nuestro planeta.
Otro ilustre economista y académico británico, Nicholas Stern, en su pionero informe, advierte que el cambio climático antropogénico representa un reto único para la economía, pudiendo afirmarse que es el mayor y más generalizado fracaso del mercado jamás visto en el mundo. Stern opina que, el análisis económico debería ser global, abordar las consecuencias a largo plazo, estudiar a fondo la economía de los riesgos e incertidumbres y examinar la posibilidad de cambios importantes y no solo marginales.
Permítanme que concluya estas líneas haciendo referencia al premio Nobel de Economía de 1974, el profesor Friedrich Hayek, y a su Camino de servidumbre, escrito hace unos 80 años: «Las ideas directoras que durante la última generación han ganado a la mayor parte de las gentes de buena voluntad y han determinado los mayores cambios en nuestra vida social no pueden ser falsas. Estamos dispuestos a aceptar cualquier explicación, excepto una: que el actual estado del mundo pueda proceder de nuestro propio error y que el intento de alcanzar algunos de nuestros más caros ideales haya, al parecer, producido resultados que difieren por completo de los esperados».