Una mesa para Islandia y una silla para Europa

Luis Velasco / Céline G. Rodrigues PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA EN LA FACULTAD DE RELACIONES INTERNACIONALES DE LA UNIVERSIDAD DE VIGO, E INVESTIGADORA ASOCIADA EN EL INSTITUTO PORTUGUÊS DE RELAÇÕES INTERNACIONAIS (IPRI-NOVA), RESPECTIVAMENTE

OPINIÓN

María Pedreda

Islandia entreabrió una puerta cerrada desde el 2013, y contra el pronóstico de las encuestas volvió a cerrarla. Aquel año suspendió el proceso de adhesión a la UE que había iniciado en el 2009. El proceso se inició después de que una mayoría parlamentaria lo impulsara sin una consulta previa a la población. Dentro de la tradición democrática islandesa, esto lastró la legitimidad de todo el proceso. De ahí que el Gobierno prometiera respetar el resultado del referendo consultivo del sábado, aunque el resultado fuera el contrario al deseado. La primera ministra ha dado por cerrado el tema para los próximos años.

La disyuntiva que se le planteó a la ciudadanía islandesa no fue Europa o aislamiento. Islandia ya pertenece al Espacio Económico Europeo (EEE), Schengen y la EFTA, además de formar parte de Erasmus+. Una parte considerable de las reglas del mercado interior europeo ya se aplican. Disfruta de una integración extraordinariamente profunda, pero apenas participa en la elaboración de las normas que termina incorporando y aceptando. El apoyo al sí puede explicarse, por tanto, no como una renuncia a la soberanía, sino precisamente como una discusión sobre cómo ejercerla de la forma más eficiente.

Islandia ejerce su soberanía de una forma alternativa a la de la mayoría de sus vecinos y aliados. Pese a ser fundadora de la OTAN, no cuenta con fuerzas armadas propias, y proyecta su soberanía sobre su enorme espacio marítimo solo a través de su guardia costera. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el año 2006, Estados Unidos garantizó la seguridad de la isla directamente, y hoy lo continúa haciendo sin tropas sobre ella. En los veinte años que han transcurrido desde entonces han cambiado muchas cosas. Aquel año 2006 España se sumó como Estado observador al Consejo Ártico. A este organismo pertenecen otros países de la UE, ya sea como miembros de pleno derecho (Suecia, Dinamarca y Finlandia) o como observadores (Alemania, Países Bajos, Polonia, Francia e Italia).

El interés de EE.UU. por ampliar su esfera de hegemonía hemisférica hacia el Ártico con la compra u ocupación de Groenlandia probablemente haya ayudado a que la UE haya sido vista en Islandia como una posible salvaguardia de su independencia, especialmente en un tiempo en el que la apertura de corredores navegables a través del Ártico está ganando protagonismo. La campaña no ha girado exclusivamente sobre cuestiones geoestratégicas. Los partidarios del no han sostenido que Islandia ha encontrado una posición privilegiada: acceso al mercado europeo sin someter uno de sus recursos fundamentales a la Política Pesquera Común. El apoyo mayoritario al no en los enclaves rurales y en las regiones más dependientes del sector primario así lo indican. Los favorables al sí aspiraban a negociar directamente excepciones, adaptaciones o períodos transitorios. La pesca, el coste de la vida, la estabilidad económica y la soberanía han sido los ejes del debate. Algunos partidarios del no simplemente han considerado más atractivo el modelo EEE de acceso al mercado único y a la libre circulación sin membresía plena que asumir las responsabilidades de integrarse por completo en el club: las mieles sin las hieles.

Con menos de 400.000 habitantes y situándose sobre una de las bisagras geoestratégicas del Atlántico Norte, la autonomía absoluta puede resultar menos atractiva cuando las grandes potencias vuelven a pensar en términos de espacios, bases, rutas marítimas y áreas de influencia. Sin un marco que garantice su soberanía plena en el futuro no tiene sentido hablar de pesca. Aquí es donde Europa tiene tanto que ofrecer como que ganar.

El voto, con un resultado de 52,8 % noes y 47,2 % síes ha sido revelador: en un Ártico de nuevo sometido a la competencia entre grandes potencias, Islandia decidió que la mejor manera de preservar su soberanía consiste en ejercerla en solitario, manteniendo el equilibrio entre su cercanía a Europa, su dependencia de EE.UU. y la desconfianza ante la presencia rusa y las inversiones chinas.

Islandia ha perdido la oportunidad de sentarse en la mesa europea para participar en la toma de decisiones que le afectan, y la UE no ha sabido atraerse una silla que fortalecería su potencial proyección ártica. El espejo groenlandés no ha sido tan determinante como algunos en Bruselas creyeron. Desde hace meses se detectaba un cambio de tendencia entre algunos votantes menores de 29 años, que han ido decantándose por el no en gran medida por el miedo a la burocracia europea. La victoria del sí en esta cohorte ha sido menor a la esperada. La tediosa burocracia de Bruselas ha generado más inseguridad que una Administración estadounidense que finalizará en dos años. El resultado ha sido una apuesta por mantener el statu quo. Aunque el mundo se haya convertido en una selva, por lo menos la mitad de la población islandesa no parece ver en la UE el jardín del edén que hace unos meses señalaba Josep Borrell.

Quizá, el liderazgo europeo debería repensar su forma de atraer a nuevos miembros, principalmente en el contexto del Ártico y el Atlántico Norte, necesitado de más atención en materia de seguridad y defensa. La campaña en redes sociales iniciada para promover la idea de que Canadá se integre en la UE parece apoyar esta idea. El GIUK Gap —el corredor marino entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido— es la puerta al Atlántico Norte, con una creciente accesibilidad por vía del Ártico. ¿Qué posición tiene le UE sobre el tema? ¿Qué puede aportar? La actualización de la política para el Ártico de la UE es urgente y debe traer importantes novedades; hablar solo de economía ya no es suficiente.

Quizá llegue el momento de que Islandia se siente en la mesa de la UE y de que esta gane una silla más en el Consejo Ártico. La Unión Europea debe estar preparada para la próxima oportunidad que se abra.