En cuarenta años ejerciendo como abogado trabajé en cientos de juzgados a cuyo frente siempre estaba un juez. Los conocí brillantes, torpes, educados, mal encarados, tan solo cumplidores y también a muchos a los que el colapso de su juzgado los enervaba. Pero jamás me encontré con un juzgador deshonesto o que la tomara con algún acusado por razones personales o ideológicas. Pero hemos llegado a un momento en el que cuando a un juez le corresponde un caso en el cual andan políticos por medio, ya puede no bajar la guardia, porque va a ser mirado con lupa. Si acusan o condenan a un militante de un partido, sus correligionarios dirán que cojea de determinado pie y que sus autos o sentencias son una vergüenza, sin reparar en que los togados actúan acorde a lo que consideran ajustado a derecho. Antes de que desde las sedes del partido del político en entredicho comiencen a injuriar a un magistrado, reparen a quién tienen en sus filas y las acusaciones sobre él vertidas. Mejor quedarse callados para, en el futuro, ser dueños de su silencio y no esclavos de sus palabras.