Riada en Nepal: una catástrofe singular, pero también un síntoma
OPINIÓN
Lo sucedido en Nepal, una riada que ha arramblado con cuanto encontraba a su paso, es singular, pero también un síntoma. La causa inmediata parece haber sido el desprendimiento de una masa de hielo y roca que se precipitó más de mil doscientos metros hasta el fondo de un valle. Al llegar, taponó el curso de un afluente y formó una presa improvisada de escombros.
Esos obstáculos naturales no son como las presas humanas. No están hechos para durar. La masa es inestable y basta un temblor, un intervalo templado, o su propio peso para que la mole se venga abajo. Cuando el dique cedió, el agua salió de golpe, haciendo subir el nivel nueve metros en media hora. Una catástrofe.
Aquella mañana no hubo lluvias reseñables. No ha sido la típica crecida de un río de montaña porque ha llovido mucho. Aquí el detonante fue el hielo. Y es que las crecidas relámpago pueden nacer de una tormenta, pero también del vaciado repentino de un lago glaciar, o de la rotura de un dique natural como el de esta semana. De hecho, no es la primera vez que ocurre: en julio del año pasado bajó por ahí otra crecida, atribuida entonces al vaciado de un lago formado sobre un glaciar del Tíbet.
Esta desgracia es también un síntoma porque es sabido que el calentamiento global hace más probables estos fenómenos. Esto lo entiende cualquiera. Si hace más calor, el glaciar —un río de hielo— se resiente. Su estructura se va debilitando, descalza las laderas, dejan al hielo sin apoyo y se forman lagos nuevos retenidos por morrenas de arena y piedra suelta. Y se acaban desmoronando.
¿Se podría haber evitado esta avenida? Difícilmente, dada la magnitud del glaciar. Cabía quizá una voladura controlada, si alguien hubiera estado vigilando esa masa entre las miles que hay en el Himalaya. Y ese no es un procedimiento rutinario en la zona. Los efectos sí se podrían habrían amortiguado aplicando la consabida receta de no construir en zonas inundables. Pero si eso ya cuesta hacerlo cumplir en España (donde tenemos miles de viviendas sobre terrenos que se van a inundar dentro de pocos años) en los países pobres resulta utópico. La ordenación del territorio es un concepto ajeno a buena parte del mundo, y la gente construye donde puede. Quienes menos tienen acaban en los peores sitios: despeñaderos, riberas de ríos de montaña, humedales... porque tienen que vivir en algún sitio.
¿Puede pasarnos algo así en España? No, pero porque ya casi no tenemos glaciares. Se han derretido con el aumento de la temperatura y no van a volver. Tendremos que afrontar, eso sí, otros riesgos del ciclo hidrológico. Así, por ejemplo, este verano el Mediterráneo ha sido una sopa. La energía que almacena a principios del otoño meteorológico es inmensa y, si se dan las condiciones apropiadas —que una masa de aire frío descolgada en altura se encuentre con una lengua de aire cálido procedente del mar—, tendremos danas peores que la última. Es bastante probable que esto ocurra. Los efectos dependerán de dónde exactamente caiga el aguacero (eso hoy es imposible de saber), y de lo que se haga luego con el aviso y con la alerta. Para la prevención y para evitar el calentamiento ya vamos tarde.
Estas desgracias son solo el comienzo. Sabemos que los extremos hidrometeorológicos se agravan conforme sube la temperatura. Hoy, Nepal queda lejos y parece que lo que sucede allí no tiene nada que ver con nosotros. Pero la física es la misma en todo el mundo y las cuentas llevan tiempo hechas.